Si usted cree que las orejas sirven para escuchar, se equivoca. Si piensa que son para colgar aretes, también está errado. A nuestros remotos ancestros pudieron haberlos ayudado a la audición, y a los animales todavía les sirven para tal fin. Pero en los humanos modernos carecen de función alguna, y si a lo largo de los últimos millones de años conservamos tan inútiles apéndices a los lados de la cabeza, fue sólo para que allá por 1955 Paul Nogier, un médico francés, pudiera inventar la auriculoterapia. Al menos eso se deduce de lo que afirma un tal Moisés Lipszyc en su Manual de Auriculoterapia.
Todo comenzó cuando Nogier —quien practicaba indistintamente la acupuntura, la homeopatía y la quiropráctica— supo que cierto curandero de la ciudad de Lyon trataba la ciática cauterizando levemente la oreja. Se dedicó entonces a estudiar orejas, y con un poco de imaginación descubrió que todas tenían más o menos la forma de un feto humano invertido. De ahí sacó la conclusión de que en la oreja está representado el cuerpo humano completito, con uñas, pelos y dientes incluidos.
En realidad, tal idea no tiene nada de original. Muchas otras seudociencias sostienen que ciertas partes del cuerpo, llamadas somatotopías, corresponden en su totalidad al resto del organismo. Por ejemplo, las manos, los pies, el iris de los ojos, el cráneo, la frente, la nariz, la lengua, la mucosa de los cornetes nasales, una zona triangular en el cuello, y por supuesto, la oreja.
El siguiente paso fue decidir en qué sitios de ella está representada cada parte del cuerpo. Nogier y sus seguidores dicen haber encontrado en total más de 200 puntos o zonas, de apenas una a tres décimas de milímetro de diámetro. Pero en el proceso de búsqueda parecen haberse dedicado alegremente a descuartizar el minifeto auricular, pues manos, pies, pulmones, vértebras, ojos, intestinos, cerebro, lengua, hígado, riñones y demás órganos y miembros se hallan caóticamente dispersos en sus dibujos. Por lo demás, los auriculoterapistas no se ponen de acuerdo sobre la ubicación precisa de cada uno, sino que los sitúan donde mejor les parece.
Cariñosos apretoncitos
Según estos charlatanes, cuando se masajea determinado sector de la oreja se producen ondas sensoriales o cambios electromagnéticos que se propagan hasta el órgano correspondiente y con ello se alivia cualquier mal que sufra. Pero el puro estímulo físico no basta, pues —se lee en un manual de auriculoterapia— “debe considerarse también a esa zona un teléfono por el que expresamos nuestro deseo e intención de curar... (lo cual) es una parte importante de la Auriculoterapia, especialmente si va acompañado de una considerable cantidad de amor a nuestro prójimo.” No es necesario, empero, susurrar tiernas palabras al oído del paciente. El buen propósito basta.
Así, con amorosos y bienintencionados apretoncitos de oreja se puede curar toda enfermedad, padecimiento o trastorno imaginable o inimaginable, desde aftas o fuegos en las comisuras de los labios hasta úlcera gástrica, asma, hemorroides o enfermedades cardíacas, pasando por cefaleas, migraña, herpes, trastornos mamarios, problemas digestivos o renales, exceso de gases intestinales, estreñimiento, diarrea, gastritis, indigestión, cólicos, problemas menstruales, insomnio, sinusitis, angustia, ansiedad, depresión, estrés, trastornos de la alimentación, bulimia, anorexia, obesidad, adicciones, alcoholismo, tabaquismo, esquinces, dolor de huesos y articulaciones, artritis y reuma, entre las más comunes.
Es más: los auriculoterapistas afirman que basta aplicarse preventivamente tales masajitos —mensualmente por ejemplo— para evitar cualquier mal del cuerpo, el alma o el espíritu y conservarse sano y fuerte como un toro. En honor a la verdad, debo sin embargo reconocer que hasta ahora no he sabido que prometan curar el cáncer, aunque sí ofrecen perder de peso sin dejar de comer ni someterse a dietas especiales: basta pegarse ciertos parchecitos en el lóbulo de la oreja.
Lucecillas de colores
Además de los pellizquitos con los dedos o con pinzas, a lo largo de medio siglo los auriculoterapistas han ideado una gran diversidad de procedimientos para hacer más efectistas y darle un aire científico a sus manipulaciones. Utilizan inserciones de agujas como en la acupuntura —a veces acompañadas de tenues descargas eléctricas—, varillas de vidrio pulido para frotar la oreja, minúsculos imanes, semillas de mostaza que tienen un leve efecto cáustico, semillas de Vaccaria —cierta planta china— que al germinar “eliminan energía fotónica”, microesferas de acero inoxidable, moxas —que son inyecciones de preparados de hierbas en el cartílago de la oreja—, o aplicaciones de procaína, un anestésico local. Algunos emplean la pomposamente llamada fotocromoterapia secuenciada, que consiste tan sólo en iluminar la oreja con lucecillas coloreadas haciéndolas pasar a través de un cristal de cuarzo, “para que éste les transmita sus propiedades”. Los hay que aplican descargas de láser, y no faltan quienes afirman diagnosticar mediante lo que llaman pulso radial, reflejo aurículo-cardíaco o "variación de la onda estacionaria a nivel arterial”. Aunque aclaran prudentemente que los tales pulsos no pueden registrarse con instrumentos como cualquier prosaico encefalograma o electrocardiograma, sino que solamente los percibe el propio terapista, gracias a su especial y superdesarrollada capacidad sensorial. El pulso, dicen en una confusa jerga, “transmite la información referida al grado de armonía o conflicto que puede existir entre el paciente, como Microcosmos que es, respecto al Universo, el Macrocosmos que lo ha creado y lo cobija, del cual es parte única, diferenciada e irrepetible del resto. Al mismo tiempo, esta misma información manifiesta el grado de armonía del individuo en su propia dualidad materia-espíritu, de cuya reciprocidad depende su equilibrio psico-somático, por tanto, su salud.”
En 15 sesiones
Como es usual en las seudomedicinas, no existe un solo estudio científico serio que demuestre la relación entre la oreja y las diferentes partes del organismo, ni prueba alguna de la eficacia de la auriculoterapia. Y, como también es usual en estos casos, no se requiere ser médico —o tan siquiera haber cursado más allá de la secundaria— para practicarla. Basta tomar un cursillo como el de 15 sesiones de 3 horas de cierto autodenominado instituto —cuyo nombre omitiremos para no hacerle publicidad gratuita— que igualmente ofrece cursos de orinoterapia, magia del perdón, astrología y terapia de la reencarnación y vidas pasadas, y cuya seriedad puede juzgarse por el hecho de que junto con tales cursos vende las llamadas tarjetas radiónicas, que con sólo llevarlas en el bolsillo volverán a su portador inmune a los influjos de energía negativa, evitarán que sea víctima de asaltos, harán que el dinero fluya a raudales hacia él, que las mujeres —o los hombres en su caso— caigan rendidas a sus pies o que se vuelva un triunfador en los negocios. Algo así como la versión “científica” de las patas de conejo o los chupamirtos disecados que tradicionalmente se han usado para atraer la buena suerte y el amor.
Esta es, pues, la auriculoterapia.