QUE NO LE DIGAN, QUE NO LE CUENTEN
Profecías a toro pasado
Juan José Morales
Si es usted de aquellos a quienes no preocupa el fin del mundo porque —como dice el viejo chiste— “si se acaba me voy a Mérida”, conviene que vaya preparando su mudanza a la capital yucateca para que no le agarren las prisas de última hora. Tiene cinco años para ello. El viernes 21 de diciembre de 2012, “el sol, al recibir un fuerte rayo sincronizador(?) proveniente del centro de la galaxia cambiará su polarización y producirá una gigantesca llamarada radiante.” Pero —como en todo buen fin del mundo que se respete— aquellos que oportunamente se arrepientan y cambien de conducta podrán “atravesar la puerta que permite evitar el gran cataclismo que sufrirá el planeta” y entrar a “la nueva era, en un sexto ciclo del sol.”
¿Y qué debe hacer quien desee salvarse de perecer como pollo rostizado en la lengua de fuego solar (que por lo visto será lo bastante selectiva para tatemar sólo a los pecadores, mas no a los justos)? Pues simple y llanamente dejar de contaminar nuestro planeta.
Todo esto del mortífero rayo, se dice, fue vaticinado hace mil años por los sacerdotes mayas en la primera de sus siete profecías. En la tercera también pronosticaron que cuando el fin se aproximara, “una ola de calor aumentará la temperatura del planeta, produciendo cambios climatológicos, geológicos y sociales en una magnitud sin precedentes, y a una velocidad asombrosa” debido a “varios factores, uno de ellos generado por el hombre que en su falta de armonía con la naturaleza solo puede producir procesos de auto destrucción, otros serán generados por el sol que al acelerar su actividad por el aumento de vibración produce más radiación, aumentando la temperatura del planeta.”
En su cuarta profecía, aquellos visionarios sacerdotes de la antigüedad nos advirtieron que “a consecuencia del aumento de la temperatura causado por la conducta antiecológica del hombre y una mayor actividad del sol, se provocará un derretimiento en los polos.”
TUNES, KATUNES Y BAKTUNES
Parece verdaderamente asombroso que hace mil años los sacerdotes mayas pudieran haber vaticinado el calentamiento global de la atmósfera y el cambio climático. Sólo hay un pequeño detalle en todo esto: que los tales augurios son más falsos que una moneda de cuatro pesos.
Las supuestas profecías mayas no se encuentran en ningún códice prehispánico ni en libro alguno de tiempos de la conquista. Las inventó en 1999 un colombiano, Fernando Malkún, como parte de un programa de televisión. Por supuesto, ya en aquel entonces se hablaba ampliamente del cambio climático y el calentamiento global de la atmósfera, de modo que él no hizo sino predecir lo que ya estaba ocurriendo. O, para decirlo en términos coloquiales, sus vaticinios fueron a toro pasado.
Malkún no es arqueólogo ni historiador, sino arquitecto y dice también haberse graduado —aunque no especifica en qué— en cierta curiosa “Universidad del Amor”, Se dedicaba a elaborar anuncios publicitarios, documentales de televisión y materiales audiovisuales, y un buen día produjo uno acerca del calendario maya, pero en versión apocalíptica y aderezado con esos imaginarios vaticinios.
Los mayas, que usaban un sistema de numeración vigesimal —no decimal como el nuestro— tenían un refinado sistema calendárico en el cual se combinaban ciclos de diversa duración. El más corto es el kin, de 24 horas, que equivale al día solar. Le siguen el mes o uinal de 20 días, el tun o año de 13 uinales —360 días a los que se añadían otros cinco días aciagos sin nombre—, el katún o ciclo de 20 años (7 200 días), y el baktún, formado por 20 katunes, o sea 144 000 días o kines. Finalmente, su calendario incluía la llamada Cuenta Larga, un gran ciclo de 13 baktunes, o sea 1 872 000 días (unos 5125 años).
FIN DE CICLO
Por alguna razón todavía no conocida, esa cuenta del tiempo comenzaba en una fecha equivalente en el calendario actual al 11 de agosto del año 3114 antes de nuestra era. Esto significa que el primer gran ciclo de 13 baktunes concluirá el 21 de diciembre de 2012, incluidos los días extra por años bisiestos. Esto no tiene nada de extraordinario. Simplemente, al terminar ese ciclo comenzará otro, de igual modo que al terminar un día, un mes, un año, un siglo o un milenio, se inicia el siguiente. Pero Malkún prefirió interpretar el hecho igual que aquellos ignorantes campesinos, artesanos y señores feudales europeos de la Edad Media que se llenaron de pánico ante la proximidad del año mil, por creer que sería el del fin del mundo.
Y en cuanto a las profecías con que adornó el documental, nadie sabe de dónde sacó Malkún semejante colección de bobadas. No cita una sola fuente documental para sostener su versión de que fueron obra de los sacerdotes mayas (lo cual implicaría que conocían la existencia de los casquetes polares, la forma de la Galaxia, la ubicación del sistema solar en ella y otras minucias similares). Simplemente, dijo que lo habían dicho, y punto. Confiaba en que este mundo está lleno de gente dispuesta a creer cualquier estupidez a condición de que sea lo bastante absurda y se presente convenientemente envuelta en un lenguaje enigmático, misterioso y esotérico. Y acertó. A fuerza de ser repetidas las imaginarias profecías, mucha gente ha llegado a creer que son auténticas.
Ya puesto en tan productivo camino, el pronosticador de hechos pasados ha seguido fabricando bodrios del mismo estilo: La conexión atlante, sobre el continente perdido, Ari-kat, que nos revela —naturalmente sin aportar prueba alguna de sus aseveraciones— cómo se construyeron realmente las pirámides egipcias, Imhotep, el tres veces grande, sobre ese personaje de tiempos de los faraones, El ojo de Horus, sobre una misteriosa sociedad secreta del antiguo Egipto, y otro más —en preparación— acerca de los enigmas de los vedas hindúes.
EL TRIPLE DE CAROS
Por supuesto, ha sabido explotar muy bien el asunto mediante seminarios, talleres, conferencias y otras actividades por las que cobra muy bien a los asistentes, y con la venta de videos, publicaciones, discos y demás parafernalia usual en estos casos. Incluso organiza viajes a Egipto, Nepal, la India, el Tíbet, Guatemala y Yucatán, pomposamente llamados “de iniciación y aventura, donde se viven experiencias trascendentes” y con nombres grandilocuentes —como “En busca del ojo de Horus” o “En busca de los dueños del tiempo”— pero que no pasan de ser simples tours como los que ofrece cualquier agencia de viajes —con fiestas de disfraces, danzas folclóricas y paseos en camello—, sólo que tres veces más caros y aderezados con algunas conferencias y “sesiones de meditación”.
Pero para aquellos que pudieran tomar en serio a este charlatán y pensar que el cataclismo final se avecina, hay una noticia tranquilizadora: recientes investigaciones han revelado que el rayo sincronizador en realidad producirá un diluvio de salbutes, panuchos, papadzules y demás exquisiteces de la cocina yucateca.