Naturaleza Maya
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Publicado en Contenido 532,
octubre de 2007.

Que no le digan, que no le cuenten
LAS MILAGROSAS PIEDRAS MOLIDAS DE OKINAWA
Juan José Morales

Cualquier médico le dirá que el calcio —que se obtiene a través de alimentos como la leche o el queso— es necesario para mantener en buen estado huesos y dientes. Pero sólo un charlatán afirmará que tomar calcio devuelve la vista a los ciegos, hace oír a los sordos y bailar a los tullidos, cura el cáncer, la migraña y otras muchas docenas de enfermedades, reduce la hipertensión, evita los infartos, garantiza la eterna juventud —o casi—, permite vivir un poco menos que Matusalén y todavía, si algo sobra, puede rociársele a las macetas, pues es un magnífico insecticida.
Estas y otras propiedades —tan maravillosas como imaginarias— se le atribuyen al calcio. Pero, ojo, no a cualquier calcio, sino solamente al de coral. ¿Por qué sólo a él? Porque —se dice— “proviene de organismos vivos”. ¡Ah!, pero tampoco cualquier calcio de coral tiene tan prodigiosos efectos, sino única y exclusivamente el de los corales de Okinawa, una isla japonesa. Prueba de ello, se dice, es que sus tres millones de habitantes no sufren cáncer, jamás enferman ni siquiera de gripe y viven sanos y fuertes hasta los 139 años (no 140 ni 138, sino 139 exactamente). ¿Por qué? Porque en su pequeño mundo el agua, el suelo y el aire contienen tanto calcio de los arrecifes coralinos, que lo comen, lo beben y hasta lo respiran. Gracias a ello, Okinawa es una especie de Shangri-la donde no hay médicos porque no hacen falta y las funerarias ofrecen a precio de ganga los féretros que se acumulan en sus bodegas.
Quizá los más sorprendidos al enterarse de todo esto hayan sido los propios okinawenses... porque es absolutamente falso. Si bien muchos alcanzan avanzada edad, están lejos de ser un pueblo de centenarios. Tampoco se hallan a salvo de enfermedades. Y si padecen menos problemas cardiovasculares es simplemente por su dieta baja en grasas y abundante en arroz entero, pescado, legumbres y verduras, y porque realizan una intensa actividad física en la agricultura y la pesca, sus principales ocupaciones.

Triquiñuela legaloide

El cuento de que el calcio es un curálotodo lo inventó un tal Robert R. Barefoot, quien sostiene la peregrina tesis de que el cáncer, la diabetes, el Alzheimer y otras 200 enfermedades degenerativas, se deben a una deficiencia de calcio, la cual provoca acidosis. O, para decirlo en otros términos, hace que el cuerpo se vuelva excesivamente ácido y aparecen esos males. Por lo tanto, basta echarse entre pecho y espalda una apropiada dosis de calcio —pero, recuérdese, no cualquiera, sino el de coral de Okinawa— para que el organismo se alcalinice, recupere su nivel normal de acidez y la salud retorne como por ensalmo.
A Barefoot usualmente se le cuelga el título de doctor, pero no lo es. Ni siquiera estudió medicina. Toda su formación académica —si así puede llamársele— se limita a un curso de tres años para obtener un diploma de laboratorista en el Instituto Tecnológico del Norte de Alberta, en Canadá. Jamás ha realizado una sola investigación científica sobre los efectos del calcio en el organismo humano ni, mucho menos, puede presentar evidencia alguna de lo que afirma. Tampoco tienen respaldo científico los anuncios que se publican en Internet, revistas populares y televisión, aunque utilicen un lenguaje seudocientífico y hablen vagamente de “estudios hechos por prestigiadas universidades e investigadores internacionales”. En uno de ellos, por ejemplo, se dice: “El calcio de coral es ionico... dona electrones para reparar las células dañadas. Esta habilidad natural iónica, combinada con el espectro completo de la formación orgánica, hace del coral una de las fórmulas más benéficas para mantener y mejorar su salud. Previene y revierte enfermedades degenerativas.” Pero en letras pequeñas se aclara —porque así lo exige la ley— que “la veracidad de la información contenida en este mensaje no ha sido comprobada ante la Procuraduría Federal del Consumidor.”
Si los vendedores de calcio de coral pueden decir lo que les venga en gana sin tener que probarlo, es porque se valen de una triquiñuela: registran su producto como suplemento o complemento alimenticio. Así no tienen que someterlo a las rigurosas pruebas clínicas y de laboratorio exigidas a los medicamentos, ni tienen que demostrar que cura nada. Además, aunque hablan de curación no la ofrecen. Sólo la insinúan, y allá el tonto que lo crea.
Así, otro anuncio dice —con pésima redacción— que el calcio de coral “puede ayudar a luchar (sic) la diabetes, la osteoporosis, la hipertensión, el colesterol, la tensión arterial baja o alta, lesiones a causa de deportes, artritis, y fatiga para nombrar algunos. Ayuda a limpiar los riñones, el hígado, y los intestinos. También rompe (sic) los efectos de residuos de droga y sustancias tóxicas dentro del cuerpo. Balanceando niveles del pH, el calcio coralino consolida y revitaliza al cuerpo mientras que evita que las enfermedades dañinas se expandan. Te sentirás más joven y vibrante que nunca. El calcio coralino alza (sic) no sólo el sistema inmunológico, sino da una sensación  de bienestar increíble, y aumenta la longevidad.” La “prueba” de todo ello —añade— es que “muchos individuos han divulgado la mejora de las dolencias antedichas después de semanas de ingerir el calcio coralino”.

Desperdicio de dinero

En México, la Comisión Federal de Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), tiene en la mira al calcio de coral junto con otros productos “milagro” que aseguran tener extraordinarias cualidades terapéuticas. Pero, debido a esas lagunas de la ley, no logra impedir su publicidad y venta.
La Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos advierte que comprar calcio de coral es un desperdicio de dinero. El calcio que necesita un ser humano puede obtenerse de los alimentos, y si se requiere una cantidad adicional, los productos farmacéuticos que prescriben los médicos son muchísimo más baratos y —sobre todo— realmente efectivos y de calidad garantizada.
Y algo muy importante que los ingenuos consumidores ignoran, es que aunque en la publicidad del calcio de coral se dice que proviene de organismos vivos y “es cosechado cuidadosamente bajo supervisión del Gobierno de Japón para proteger el ambiente marino”, en realidad no se obtiene de los arrecifes coralinos de Okinawa, pues están protegidos por la ley. El “calcio de coral” se produce moliendo las piedras de origen coralino que hay por todas partes. Igual se podría usar las piedras calizas de la península de Yucatán, que también proceden de seres vivos: son sedimentos formados por los restos de minúsculos invertebrados llamados foraminíferos, que —como los corales— tienen un esqueleto exterior de carbonato de calcio. Con los 250 ó 300 pesos que cuesta la más barata dotación para un mes de cápsulas de calcio de coral, se podría comprar una tonelada de caliza molida, suficiente para toda la familia durante toda la vida y para varias generaciones subsecuentes.
Así que ya sabrá usted si cree en las milagrosas piedras molidas de Okinawa.

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