Publicado en Contenido 534,
diciembre de 2007.
QUE NO LE DIGAN, QUE NO LE CUENTEN
Latigazos terapéuticos
Juan José Morales
Si la algioterapia llega a popularizarse tanto como esperan sus fanáticos, los médicos tendrán que cambiar el estetoscopio por un látigo de siete colas y la tradicional bata blanca por un atuendo —capucha incluida— de verdugo del Santo Oficio o el uniforme de los guardianes de campos de concentración nazis, con relucientes botas y elegante chaqueta de cuero.
Y es que la algioterapia o algosterapia como también se denomina, una sedicente medicina alternativa, busca exactamente lo contrario de lo que durante siglos han intentado los médicos: provocar dolor en lugar de evitarlo o aliviarlo. Aseguran sus promotores que una buena dosis de sufrimiento físico ocasionado por azotes, pellizcos, golpes y otros tratamientos por el estilo, hace más que cualquier medicamento o procedimiento quirúrgico para curar la depresión, la anorexia, la celulitis, las deficiencias en el desarrollo, la hiperactividad, las toxicomanías, las carencias de concentración, la pérdida de control sobre la propia vida, y otros muchos males físicos, síquicos y emocionales.
Aquí conviene precisar que no debe confundirse la algioterapia con la algoterapia, que es un tratamiento cosmético a base de algas. A la algioterapia —del griego algos, dolor, y therapeuein, sanar o curar— se le define grandilocuentemente como “una técnica de sanación complementaria consistente en la aplicación controlada de pequeños periodos de dolor intenso (generalmente de 15 a 30 minutos, aunque a veces puedan ser necesarios tratamientos intensivos, más prolongados).” En esencia, consiste en “la sobre-estimulación dolorosa de determinadas zonas del cuerpo, donde se encuentran órganos productores de hormonas. Esta sobre-estimulación dolorosa puede ser sin duda desagradable, pero no conlleva riesgo alguno para la salud.”
Es ideal —se asegura— para trastornos físicos, sicológicos y emocionales que implican un desbalance orgánico. Aunque, justo es decirlo, no ofrece curar el cáncer, el Alzheimer o la tuberculosis. Más bien es algo así como un sucedáneo muy sui géneris del diván del sicoanalista, con la ventaja adicional de que si el paciente es masoquista, la pasará de maravilla durante las sesiones, pues le resultarán en extremo placenteras.
Tratamiento de choque
Los llamados algioterapistas sostienen que la medicina, al concentrar sus esfuerzos en suprimir el dolor con analgésicos, calmantes, anestésicos y otros productos, ha hecho que el ser humano olvide la importancia de esa sensación como mecanismo fisiológico fundamental, junto con la sexualidad y el hambre. El dolor, dicen, tiene efectos positivos, y al dejar de experimentarlo el hombre moderno ha perdido la capacidad de estimulación que un buen dolor provoca. Pero, agregan, así como algunos movimientos espiritualistas han redescubierto las virtudes del ayuno, la algioterapia es una especie de ayuno sensorial, de disparador que pone en marcha mecanismos que el hombre moderno ha olvidado pero son fundamentales para el organismo.
Recomiendan, por lo tanto, como tratamiento de rutina, someterse cada dos semanas a una buena sesión de algioterapia. Si se aplica regularmente, aseguran, el organismo se mantendrá sano y estabilizado. Y no es necesario acudir a un especialista. Puede uno autoflagelarse o aplicarse unos buenos azotes en las nalgas, los muslos o la espalda con una tableta de madera. O bien, se puede tener la ayuda de alguna persona de confianza que se encargue de administrarlos. Aunque, desde luego, lo recomendable es ponerse en manos de especialistas. Es decir, de algioterapeutas calificados. Por supuesto estos caballeros —o damas— no necesitan pasar por una escuela de medicina o enfermería (de hecho en ninguna se enseña algioterapia). El diploma que los acredita como tales se obtiene en instituciones de nombre rimbombante y nula seriedad científica, como la llamada Escuela Internacional de Algioterapia o la Escuela Española de Algioterapia.
Pero como parece que no mucha gente se deja convencer de poner las nalgas al aire y permitir que le propinen una tanda de palmetazos simplemente para mantener su equilibrio orgánico o combatir el estrés y la depresión, los algioterapistas ya encontraron un par de anzuelos infalibles para atrapar a dos tipos de potenciales pacientes más abundantes que los peces en el mar: los gorditos y los adolescentes. Afirman que su técnica permite adelgazar a cualquier persona como por arte de magia y que hace desaparecer en un santiamén el acné más severo.
En cuanto a los barros y espinillas, las “pruebas” de lo eficaz que es la algioterapia para acabar con ellos, son los acostumbrados testimonios anónimos o de personas desconocidas, como el de una chica que “estaba acomplejadísima, ir a clase era un martirio. Pero fue sólo cosa de comenzar el tratamiento y en tres o cuatro meses, ¡zas!, el acné desapareció.”
Y respecto a la portentosa capacidad del dolor para hacer que las llantitas se desvanezcan sin dejar rastro, no hay tampoco prueba clínica alguna que lo demuestre, sino tan sólo la afirmación, sin mayores explicaciones, de que “la sobre-estimulación dolorosa es capaz de reactivar los sistemas del organismo capaces de destruir la obesidad localizada, esté donde esté. Una sola sesión producirá pérdidas de hasta cinco kilos, y una o dos sesiones al mes son suficientes para no volver a preocuparse de la grasa nunca más. Sólo hace falta ser un poquito valiente.”
Y ciertamente, hay que tener valor para someterse a los tratamientos algioterapéuticos, que pueden ser de dos tipos: sostenidos, con sesiones de media hora a dos horas una o dos veces al mes, o de choque, en los cuales la sesión se prolonga entre 4 y 72 horas y la paliza se aplica con mayor intensidad y agresividad.
Pago en especie
Como es usual con las llamadas medicinas alternativas, de la algioterapia se dice que sus orígenes se remontan a la época de la civilización griega, pero que fue ocultada por la medicina oficial y —en los últimos tiempos—, por la próspera industria del adelgazamiento, que la ve como una temible competidora.
En sus anuncios, los algioterapistas aclaran que no cobran mucho sino, por el contrario, tienen muy en cuenta la situación económica y social de sus pacientes. Aunque barata, lo que se dice barata, esta seudomedicina no lo es. Pero —añade la publicidad— “la mayoría de terapeutas aplican una generosa política de descuentos para personas con problemas económicos, tratamientos prolongados, estudiantes o jubilados, etc.” Son también, agregan, lo bastante considerados para no exigir el pago completo al momento, sino que lo aceptan diferido, en abonos mensuales y hasta en especie, aunque no precisan cuál es la especie.
En fin, la algioterapia no cura nada, pero puede ser muy satisfactoria para ese pequeño masoquista que todos llevamos dentro.