El ácido acetilsalicílico o aspirina, el medicamento de más amplio uso en la historia, fue aislado de la corteza del sauce blanco, Salix alba, que durante siglos se había empleado como analgésico y antipirético. Origen semejante tuvieron muchos otros productos farmacéuticos. Pero ningún químico podrá jamás aislar los principios activos de las Flores de Bach, que se usan como remedio para cuanto padecimiento pueda imaginarse.
Y no podrá lograrlo porque las esencias o elíxires del Dr. Bach no son de naturaleza material sino insustancial. Son, para usar la confusa jerigonza de quienes las promueven y venden, “elementos sutiles no farmacológicos que no presentan principios activos químicos pero poseen alta carga vibracional... líquidos vehiculizantes de inteligencia esencial y carga espiritual... (que) no pueden ser sometidos a análisis de laboratorio como las sustancias químicas... (y) funcionan como transmisores de un código de inteligencia energética.”
La llamada terapia floral nació en la segunda década del siglo XX, cuando el médico homeópata británico Edward Bach —que también se dedicaba a la astrología, la alquimia y la botánica hermenéutica, con lo cual queda dicho todo— comenzó a estudiar las flores de los campos de la región de Gales donde vivía y dijo haber comprobado que las gotas de rocío que se forman sobre sus delicados pétalos tienen insospechadas propiedades curativas. ¿Cómo lo descubrió? Muy sencillo: Dios se lo reveló personal y directamente. Así le ahorró el trabajo de realizar observaciones, análisis, experimentos y pruebas clínicas como acostumbran los médicos y científicos que no tienen tratos con la divinidad.
Además, según él, para curar enfermedades —citemos sus propias palabras— "no se requiere ciencia alguna, ni conocimientos previos”, sino que puede hacerse “sin ciencia, sin teorías, pues todo en la naturaleza es simple”.
Intangibles elíxires
Así fue como este astrólogo, alquimista, homeópata y descifrador de los mensajes ocultos de las plantas (a eso se refiere la botánica hermenéutica), elaboró una lista de 38 especies vegetales cuyas flores, dijo, contienen esencias con propiedades específicas sobre los males que más adelante se verá. Pero antes de continuar conviene precisar que las tales esencias no son los vulgares compuestos que los químicos designan con ese nombre, sino “esencias espirituales”, “vibraciones inmateriales” —y por tanto imposibles de analizar o medir— que emanan de las flores.
Su método original para capturar tan maravillosos cuanto intangibles elíxires consistía en colectar las gotas de rocío de los pétalos, pues el agua “conserva las vibraciones florales”, de modo que al administrarle el líquido al paciente, se le transmite la benéfica influencia de las flores. Luego desarrolló otras técnicas que incluían el uso de alcohol. En especial recomendaba brandy o coñac, aunque no está muy claro si para reforzar el poder curativo del brebaje o para hacerlo más apetecible.
Pero las únicas, auténticas, legítimas e infalibles Flores de Bach, son las de la campiña inglesa. Sólo esas transmiten sus vibraciones espirituales a las gotas de rocío. Y nadie debe preocuparse por una sobredosis ni, mucho menos, por efectos colaterales, pues “las Flores de Bach son medicamentos energéticos, no remedios químicos, y no dependen de la cantidad tomada, sino de la frecuencia con la cual se toman. Ellos impregnan lentamente nuestros cuerpos sutiles.”
Alma v.s. mente
¿Para qué sirven? ¿Para el cáncer, la cirrosis hepática, la neumonía, la gota o la artritis? No. Según el Dr. Bach, las enfermedades no son causadas por virus, bacterias, trastornos orgánicos, factores genéticos o tumores como creen los médicos. Son —escribió en su libro Heal thyself (Cúrese a sí mismo)— "fruto del conflicto entre el alma y la mente". En concreto, afirmaba que la enfermedad es consecuencia del temor del cuerpo a dejarse dominar por el Ser Superior, que es el Alma Humana. La enfermedad, añadía, puede adoptar siete formas básicas, que son orgullo, odio, crueldad, ignorancia, inestabilidad, desaliento y egoísmo. Por lo tanto, sus remedios florales no se aplican a enfermedades específicas o tipos generales de padecimientos ni están relacionados con sintomatología alguna, sino que se refieren vagamente a estados de ánimo como temor, incertidumbre, desinterés por el presente, soledad o preocupación excesiva.
La Acrimonia eupatoria, por ejemplo, se recomienda a quienes esconden el sufrimiento tras una apariencia indiferente y feliz. La flor de álamo temblón o Populus tremula, es para quienes tienen miedo a la muerte, la oscuridad, la religión y lo sobrenatural, en tanto que la de centaura, Centaurium umbellatum, es excelente para los que no saben decir no y se extralimitan en su deseo de agradar, llegando al servilismo. Por su parte, la de aulaga Ulex europaeus está que ni mandada hacer para quienes carecen de fe y piensan que todo es vano. Ahora, que si alguien tiene vergüenza o una sensación de suciedad e impureza, no tiene más que tomarse un elíxir espiritual de manzano silvestre Malus pumilla y quedará rechinando de limpio por dentro y por fuera. ¿Quiere combatir los celos, la ira, la envidia, el resentimiento y la desconfianza y acrecentar su capacidad de amar? La solución es el acebo Ilex aquifolium. Y así por el estilo.
La fuerza de la sugestión
No sólo el ser humano se beneficia con las florecillas del campo del Dr. Bach. También se recomiendan para perros, gatos y otras mascotas, y hasta para caballos y ponies, animales todos que por lo visto experimentan odio, orgullo, celos, envidia y miedo a la religión.
Por disparatada que resulte, la terapia de Bach es un floreciente negocio. Libros y esencias florales se venden en docenas de países y proliferan los “terapeutas”, en su inmensa mayoría sin formación profesional alguna. Estos charlatanes afirman que la terapia floral ha sido reconocida, avalada, respaldada o recomendada por la Organización Mundial de la Salud, pero es mentira. La OMS simplemente la incluyó, junto con otras muchas, en una lista de prácticas alternativas o complementarias, como el espiritismo y la hechicería. Mal podría la OMS tomarla en serio, dado que es tan sólo una serie de ideas mágicas y religiosas y no utiliza sustancias que puedan ser estudiadas y analizadas sino elementos “inmateriales”.
Y no es del todo inofensiva, pues si bien los espíritus de las flores no causan daño alguno ni tampoco curan nada —puesto que no tienen el menor efecto sobre el organismo—, se corre el mismo riesgo que con toda seudomedicina: que por confiar en una falsa curación el paciente no busque tratamiento médico efectivo y cualquier enfermedad que sufra empeore hasta volverse incurable o mortal.
Ahora bien, si —como alegan algunos— quizá las Flores de Bach pueden actuar a través de la sugestión, resulta mucho más sencillo y barato tomarse una taza de té o de café y repetirse mil veces que eso le habrá de curar todos sus males.