Publicado en el Nº 529 de Contenido.
Julio de 2007
Que no le digan, que no le cuenten
LOS CUENTOS CUANTICOS DEL DOCTOR CHOPRA
Juan José Morales
Uno puede preguntarse para qué tenemos médicos, medicamentos, hospitales, quirófanos, funerarias y cementerios, si ya existe la medicina cuántica, un maravilloso y eficaz cúralo todo que permite a cualquier persona mantenerse sana y fuerte, curarse por sí misma si es necesario, y de ribete burlar a la muerte y alcanzar tal edad que por comparación Matusalén resultaría un niño de pecho. Todo ello sin más elementos que la pura fuerza de voluntad. Porque, según la medicina cuántica, la salud y la enfermedad son simplemente actos de decisión. La gente enferma porque no tiene fuerza de voluntad para mantenerse sana, se cura porque desea hacerlo, y muere porque no se esfuerza por seguir viva. Así de simple.
La pomposamente llamada medicina cuántica, a la que contribuyó a popularizar una reciente película titulada ¿Y tú qué @#√!∗sabes?, no es sino un batidillo de conceptos de la física moderna y de filosofías orientales. Fue ideada por un tal Deepak Chopra, quien tiene en su favor el ser indo, y ya se sabe que para los devotos de las medicinas alternativas el solo hecho de que algo o alguien provenga de la India —o de un monasterio budista— es como un sello de garantía que permite aceptarlo a pie juntillas sin mayor reflexión.
Chopra nació en la India en 1947. Ahí estudió la carrera de medicina, se graduó en 1968 y doce años después emigró a Estados Unidos, donde llegó a ocupar cargos importantes como endocrinólogo en un afamado hospital y fue catedrático en dos reconocidas escuelas de medicina. Pero pronto descubrió que la charlatanería deja mucho más dinero que la endocrinología y comenzó a embaucar pacientes con tratamientos de medicina ayurveda a base de energías espirituales, fuerzas internas, hierbas y brebajes que supuestamente los santones hindúes utilizaban hace seis mil años y él había rescatado de los antiguos textos védicos. Sólo que como eso de las terapias milenarias ya está bastante choteado, decidió revolverlas con la física para que además de un aura mística tuvieran un aire científico.
Así nació la medicina cuántica, adornadita con terminología tomada de la física cuántica, también conocida como mecánica cuántica o mecánica ondulatoria, una de esas ramas muy especializadas de la ciencia que todo mundo ha oído mencionar pero muy pocos conocen y todavía menos entienden. Entre otras cosas, la física cuántica permitió saber que la energía no es continua sino que se manifiesta en forma de pequeñísimas unidades —denominadas precisamente cuantos— y que las partículas elementales que forman los átomos se comportan como diminutos paquetes de ondas. Para los físicos esto no tiene nada de extraordinario o misterioso y de hecho manejan la dualidad onda-partícula sin problemas.
PACIENTES ESTUPIDOS
En particular, la seudomedicina inventada por Chopra usa el llamado principio de incertidumbre de Heisenberg, según el cual no se puede medir simultáneamente la posición y el impulso de una partícula elemental porque el dispositivo de medición influye sobre ella y altera su posición o su movimiento. Eso tampoco es nada extraordinario y resulta bastante lógico. Pero de ahí Chopra sacó la peregrina conclusión de que como el ser humano que observa esos fenómenos tiene conciencia, es su conciencia la que determina lo que ocurre. O, dicho de otro modo, la mente del observador dirige los fenómenos.
Aquí conviene aclarar que desde que se dio a conocer el principio de incertidumbre, no faltaron quienes lo interpretaran en ese mismo sentido, pero el propio Heisenberg aclaró que los fenómenos observados no tienen nada qué ver con el hecho de que la mente del observador los registre sino que existen por sí mismos y que “la teoría cuántica no contiene elementos subjetivos genuinos, no introduce la mente del físico como parte del acontecimiento atómico.”
Chopra, sin embargo, no se queda ahí. Confiado en que este mundo está lleno de crédulos capaces de creer lo que sea, afirma que así como la conciencia del observador puede determinar lo que ocurre con las partículas elementales, la conciencia de un ser humano puede guiar lo que ocurre en su cuerpo. El siguiente paso es que para curarse basta y sobra la decisión del propio enfermo (desde luego con cierta ayudadita de los libros, menjurjes y terapias del propio Chopra). Y, planteadas las cosas en sentido inverso, si alguien enferma no es por culpa de bacterias, virus, defectos genéticos o cualquiera de esos factores a los que los despistados médicos achacan las enfermedades, sino a que el enfermo es demasiado estúpido o indolente para no ordenar a su cuerpo que se mantenga sano, o porque no supo aplicar las sabias instrucciones del gurú Chopra.
En su libro Ageless Body, Timeless Mind (“Cuerpos sin edad, mentes sin tiempo”, sostiene que un paciente puede, por ejemplo, curarse del cáncer si salta “a un nuevo nivel de conciencia que prohíbe la existencia del cáncer (...) se trata de un ‘salto cuántico’ de un nivel de funcionamiento a otro nivel superior.”
Así de sencillito. Olvídese de la quimioterapia o la radioterapia. Basta ordenárselo para que el cáncer —o la diabetes, o el enfisema pulmonar, o la cirrosis hepática, o lo que sea— desaparezca como por ensalmo.
La medicina cuántica viene así a ser como las típicas recetas de los libros de superación personal —di “Yo puedo, y podrás”, di “Lo lograré” y lo lograrás, di “Triunfaré” y triunfarás—, nada más que aplicado a la salud y la vida eterna. Di “No tengo cáncer” y no lo tendrás. Di con toda firmeza “Estoy sano y fuerte” y lo estarás. Di “No moriré” y vivirás eternamente.
EL BRINQUITO FALLIDO
La terminología seudocientífica de Chopra engaña a muchos, pero no tiene el menor fundamento. Ciertamente, los fenómenos cuánticos son reales, pero se manifiestan sólo a nivel subatómico, no a escala macroscópica. Ni siquiera a nivel de células, mucho menos de tejidos y de órganos. El cuerpo humano no puede pasar “de un nivel cuántico a otro” simplemente porque no existen en él, y decir que los fenómenos cuánticos determinan su funcionamiento es tan absurdo como suponer que uno vivirá más si viaja frecuentemente en avión porque la teoría de la relatividad dice que el tiempo transcurre más lentamente a mayor velocidad. Si bien eso es cierto, tal efecto sólo se manifiesta de manera apreciable a velocidades cercanas a la de la luz, que es de 300 000 kilómetros por segundo.
Chopra no se limita a escribir libros —lleva ya unos 25 títulos que se venden por millones—, dictar conferencias y organizar seminarios. Ha montado todo un sistema de comercialización de un amplio surtido de bebistrajos, aceites aromáticos y pócimas cuyas “vibraciones” controlan la “vibración cuántica” del cuerpo.
Está de más decir que ninguna de sus afirmaciones ha sido sometida nunca a escrutinio científico, pruebas clínicas o experimentos de laboratorio. Son simplemente cuestión de fe. Pero sobran ingenuos que creen tales patrañas, entre ellos famosos personajes como Demi Moore, Elizabeth Taylor, Michael Jackson y el ex-beatle George Harrison, aunque a este último Chopra prefiere no mencionarlo: a fines de 2001 murió víctima del cáncer pulmonar que había ofrecido curarle no más con un brinquito cuántico.