Publicado en el Nº 527 de la revista Contenido.
Mayo de 2007
Que no le digan, que no le cuenten
Cosquillitas en los pies
Juan José Morales
Si lo que se dice de la reflexoterapia podal fuera cierto, Cuauhtémoc hubiera muerto por traumatismo generalizado de los órganos internos mientras le quemaban los pies. Y es que, según esa seudomedicina, todas y cada una de las partes del cuerpo —pulmones, hígado, bazo, corazón, estómago, oído interno, cerebro, testículos, ovarios, píloro, vesícula biliar o intestinos— se encuentran representados... en los pies. Y debido a esas conexiones, ahí se manifiesta toda enfermedad o alteración de la salud, tanto física como sicológica y emocional. Y desde los pies, asimismo, se puede curarlas o corregirlas sin necesidad de medicamentos o cirugía. ¿Cómo? Pues con unos suaves y delicados masajitos, ya que la presión se transmite mediante los enlaces nerviosos hasta el sitio del cuerpo afectado y actúa sobre él, haciendo que se restablezca la normalidad.
Si en verdad se pudiera actuar terapéuticamente sobre cualquier punto del cuerpo masajeándolo delicadamente a control remoto desde los pies, un traumatismo en las extremidades inferiores igualmente se transmitiría hasta los más recónditos rincones del cuerpo y tendría efectos devastadores. Así, mientras le achicharraban los pies, el último emperador azteca debió haberse ido quedando sin respiración, experimentado atroces dolores internos, el corazón, todos sus sistemas orgánicos hubieran dejado de funcionar y finalmente habría muerto.
La reflexoterapia podal se basa en la afirmación —citemos a sus promotores— de que “las terminales nerviosas de todo el cuerpo convergen en las plantas de los pies”. Una adecuada exploración permitiría por tanto detectar problemas internos, pues “cuanto mayor es la respuesta dolorosa de esos puntos ante la manipulación manual, mayor es el desequilibrio orgánico o mental que ponen de manifiesto. La piel dura, los callos, los juanetes y las infecciones de los pies, también son signos de problemas en la zona correspondiente del cuerpo.” Y del diagnóstico a la curación hay sólo un paso: basta estimular “ciertas zonas específicas de las plantas llamadas zonas reflejas, para actuar terapéuticamente sobre los órganos y funciones corporales asociados a aquellas por vía reflejo-nerviosa.”
Dos versiones
Todo esto suena muy convincente y hasta tiene un aire científico, pero cualquier estudiante de medicina sabe que eso de las conexiones nerviosas entre las plantas de los pies y todos y cada uno de los órganos, huesos, tejidos y estructuras varias del cuerpo es absolutamente falso. Y, por supuesto, no hay un solo estudio científico sobre la reflexoterapia. Todo lo publicado sobre ella se limita a artículos en revistas de belleza, esoterismo o chismes del mundo del espectáculo.
Sobre su origen hay dos versiones. Una, la habitual acerca de las llamadas terapias alternativas, asegura que se trata de una milenaria práctica médica que se utilizaba tanto en las antiguas civilizaciones del Viejo Mundo como entre los indios de América. Incluso se dice que en pirámides y cuevas de la antigüedad se han descubierto dibujos que muestran a médicos chinos, indios y egipcios manipulando los pies de los enfermos, aunque nadie ha exhibido nunca los tales dibujos.
La segunda versión sostiene que, a diferencia de otras terapias alternativas, esta es relativamente moderna —de mediados del siglo XIX— y obra de un auténtico médico: el Dr. William H. Fitzgerald, del Hospital St. Francis de la ciudad de Hartford, en el estado norteamericano de Connecticut.
Mr. William era otorrinolaringólogo, pero en vez de examinarle ojos, oídos, nariz y garganta a sus pacientes como acostumbran quienes tienen tal especialidad médica, se interesó por el extremo inferior de sus cuerpos y se dedicó a acariciarles y masajearles los pies, aplicando presión aquí y allá para ver qué efecto tenían sus maniobras. Así descubrió, ¡oh, maravilla!, que los enfermos tratados de este modo se aliviaban o curaban de cualquier mal del cuerpo o de la mente, lo mismo del estreñimiento que las jaquecas, los trastornos menstruales, los padecimientos renales, la gota o la confusión mental.
Mapa del cuerpo
Ni tardo ni perezoso, y sin mayores averiguaciones, llegó a la conclusión de que el secreto de las enfermedades y la salud se encuentra en los pies y elaboró una especie de mapa del cuerpo humano dividido en diez zonas verticales y cuatro horizontales, cada una de las cuales estaría representada en áreas específicas de los pies. El arco, por ejemplo, corresponde al aparato digestivo, el corazón y el bazo, mientras que la columna vertebral se conecta con la parte lateral interna del pie, y así por el estilo.
Los reflexoterapistas son un tanto imprecisos y elusivos acerca de qué males curan con sus manipulaciones. Vagamente dicen que su método “corrige los problemas que detecta mediante masajes y manipulaciones sobre las terminaciones nerviosas podales.” Afirman también que “con esta terapia puede tratarse todo tipo de problemas de estrés, ansiedad, problemas digestivos, dolores de cualquier tipo, artritis, jaquecas. Se trata, sobre todo, de conseguir un reequilibrio y de mejorar una parte del cuerpo cuando no funciona bien” y que aumenta las propias defensas del cuerpo para evitar que aparezcan enfermedades.
Tan prodigiosos resultados, sin embargo, pueden tardar un poco, porque el número de sesiones de masaje —y en consecuencia lo que habrá que pagar por ellas— depende del tiempo que el paciente lleve enfermo. Por ejemplo, si lo ha estado desde hace un año, tendrá que someterse durante tres o cuatro meses como mínimo, a una sesión semanal si la dolencia no es persistente o severa, o cada dos o tres días si lo es. Para los niños, “como su pie es pequeñito”, la frecuencia recomendada es de dos veces a la semana.
Y aunque la reflexoterapia podal se presenta como un método enteramente inocuo y natural que no ofrece riesgo alguno, para aparentar un tono profesional y simular que se trata de una verdadera práctica médica, se advierte sobre contraindicaciones y posibles efectos secundarios. “Está contraindicada —dicen solemnemente los reflexoterapistas— en caso de infecciones en los pies, tumores, embarazos de riesgo, dolencias que requieran cirugía urgente, afecten el sistema linfático o impliquen coágulos sanguíneos.” Y previenen sobre “algunos efectos secundarios leves, como sudoración, inquietud, dolor en los puntos reflejos, cambios en las heces, orina y flujo vaginal, que aparentemente pueden empeorar, pero remiten más adelante. Además, puede inhibir la acción de los fármacos.”
Fluido vital
Otros de estos charlatanes no pretenden influir directamente sobre órganos, articulaciones, glándulas o músculos, sino “liberar la energía bloqueada para que vuelva a fluir, logrando que las zonas afectadas vuelvan a funcionar normalmente y sanen.” Es la vieja idea mágica de que por el cuerpo circula un fluido vital inmaterial o una forma especial de energía, que las enfermedades son producto de anomalías en su flujo y basta corregirlas para devolver la salud.
En fin, ya usted sabrá si para curarse de cirrosis hepática, angina de pecho, úlcera gástrica, hernia distal o enfisema pulmonar no se pone en manos de un médico sino de un reflexoterapista preparado en el Centro Católico de Orientación Natural Jesús de Nazaret o algún otro establecimiento similar. Pero si es muy cosquilludo y no soporta que alguien le ande tocando las plantas de los pies, no se preocupe. Para tales casos hay otros tipos de reflexoterapia que tienen los mismos efectos que la podal. Es decir, vaciar el bolsillo de los pacientes. Por ejemplo, la quiroreflexoterapia, que es lo mismo pero aplicado a las manos, donde se dice que también está reflejada la totalidad del organismo humano. O —si no le molesta que alguien le ande hurgando la nariz— también tiene a su disposición la reflexoterapia endonasal (sé que existe, pero aún no he podido encontrar alguien que la practique y me explique cómo puede diagnosticar enfermedades mirando el interior de las fosas nasales y qué manipulaciones emplea para curarlas sin que el paciente comience a estornudar violentamente).