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Noviembre 2007
Que no le digan, que no le cuenten
BUENAS VIBRAS Y MALAS VIBRAS
Juan José Morales
Casi todas las llamadas medicinas o terapias alternativas dicen tener origen milenario. La moraterapia no. Al contrario, hace gala de modernidad y proclama haber sido inventada casi apenas ayer, en 1977, por dos alemanes: el médico Franz Morell y el ingeniero electrónico Erich Rasche. Del primero, por cierto, no se sabe si tuvo parentesco con el médico personal de Hitler, Theodor Gilbert Morell, un singular personaje que también se dedicaba a terapias fuera de lo común.
La moraterapia —originalmente MO-RA terapia, por las primeras sílabas de los apellidos de sus inventores— se autodefine grandilocuentemente como “una medicina electrónica biorresonante preventiva y regenerativa... un método de exploración y recuperación del equilibrio orgánico a través de la eliminación de las ondas vibracionales de sustancias tóxicas y otras informaciones frecuenciales patológicas que llevan el organismo a enfermar.”
Es bastante impresionante, pues utiliza un dispositivo con electrodos que se conectan al paciente en manos y pies, como se hace al tomar electrocardiogramas o electroencefalogramas. Así se da a las manipulaciones cierto aire científico o de tratamiento hospitalario.
Se basa, dicen sus promotores, en “el conocimiento del lenguaje electromagnético de nuestras células” y en el hecho de que “todo órgano, tanto sano como enfermo tiene un espectro de vibraciones que varía de persona a persona y en consecuencia un potencial energético concreto.” A partir de eso, “Morell tuvo la genial idea de borrar esas vibraciones anormales creando una onda inversa para conseguir así anular el efecto patológico de la onda primera, y con ello facilitar la autocuración por medio de la liberalización (sic) de los sistemas reguladores orgánicos.”
Según los moraterapeutas, “las ondas fisiológicas(?) son las que sostienen la vida, las que expresan el lenguaje intercelular(?) que permite el dialogo entre las células(?) y por consiguiente el dialogo entre los tejidos(?). El lenguaje intercelular(?) es un lenguaje coherente, es decir, las ondas están en concordia de fases(?). Aquellas ondas anormales, patológicas, corresponden a las células que no funcionan normalmente por lo que emiten campos magnéticos anormales.”
PARLANCHINAS
Para decirlo en otros términos: las células y los tejidos de los pulmones, el páncreas, el hígado o el corazón se pasan el tiempo muy a gusto chacoteando alegremente y todo va de maravilla mientras están sanas, pues la comunicación es fluida y sin equívocos. Pero a veces a las pobres células se les lengua la traba, tartamudean, balbucean y comienzan a decir toda clase de incoherencias, disparates y tonterías (por ejemplo a proponer el uso de terapias alternativas) y cuando ocurren esas fallas de comunicación intercelular, a la gente le da diabetes, tuberculosis, cáncer, enfisema pulmonar, hepatitis, un síncope cardiaco o cualquier otra cosilla por el estilo.
Las explicaciones de los moraterapeutas son tan confusas que no dejan en claro si las enfermedades se deben a que se alteran las vibraciones, o viceversa. Es decir, que las vibraciones se trastocan como consecuencia de las enfermedades. Pero en cambio no tienen dudas sobre cómo curar al paciente que atraviesa por semejante trance lingüístico-celular: sólo hay que taparle la bocota a esas células o tejidos parlanchines y corregir las insensateces que andan diciendo, pues “el principio básico de la moraterapia consiste en la anulación de las informaciones patológicas acumuladas en el organismo. El sistema de la biorresonancia tiene un campo fundamental de acción a nivel bioenergético aprovechando las ondas propias del organismo para la terapia, captándolas desde la superficie del cuerpo y devolviéndolas en forma adecuada como ondas terapéuticas... es decir, las ondas anormales emitidas por células o tejidos patológicos pueden ser anuladas a través del procedimiento de inversión de fases.”
Para ello, se usa el Aparato MORA, mediante el cual se puede “introducir las vibraciones del propio paciente y devolverlas modificadas”, ya que tiene “un separador que permite distinguir las frecuencias armónicas de las desarmónicas (sic) utilizando filtros que modulan la frecuencia, su amplitud y características específicas. Este sistema es capaz de invertir las frecuencias patológicas(?) emitidas por el paciente por una conexión inversa. Las frecuencias fisiológicas vuelven al paciente y las frecuencias no fisiológicas o desarmónicas son invertidas y, posteriormente, devueltas al paciente.”
BUENAS Y MALAS
Supuestamente, en el aparatito de marras se han archivado previamente todas las vibraciones habidas y por haber correspondientes al organismo de un individuo sano y todas las vibraciones conocidas —y hasta algunas todavía desconocidas— de todas las enfermedades, trastornos, malestares, dolencias, alergias, intoxicaciones, molestias y demás afecciones que pudiere padecer. Además, como se diría en el lenguaje juvenil, están debidamente clasificadas en buenas vibras y malas vibras. Así, basta conectarle los electrodos al paciente —pero no hay nada qué temer, advierten los moraterapeutas, pues por las conexiones no pasa corriente alguna (en realidad no pasa absolutamente nada)—, y la máquina empieza a explorar sus vibraciones orgánicas. Si detecta una mala vibra, una vibración “desarmónica”, de inmediato la modifica cambiándole la frecuencia de oscilación, la convierte en vibración armónica, o sea en buena vibra, y adiós tumor canceroso, o anemia, o alergia, o gastritis, o lo que sea.
Pero no se crea que esas vibras son vulgares ondas sonoras o electromagnéticas. Nada de eso. Son unas oscilaciones muy, pero muy especiales, tanto que los únicos que pueden registrarlas son los moraterapeutas con su prodigioso instrumento.
Y no hay mal que resista una andanada de buenas vibras del moraparatejo. Lo mismo trastornos cardiovasculares que asma, bronquitis, neuralgias, depresión, úlcera gástrica o cualquier otro desequilibrio orgánico, a condición sólo de que no haya avanzado hasta destruir los tejidos afectados. Sirve también en casos de intoxicaciones y envenenamientos, ya que las toxinas y las ponzoñas alteran el patrón de vibraciones orgánicas, y eso es lo que mata, no la acción química de la sustancia. Por lo tanto, si alguien bebe cianuro de potasio, no hay problema. Para arrancarlo de las garras de la muerte, basta restablecer la frecuencia normal de sus vibraciones celulares con el aparatito del Dr. Morell y el Ing. Rasche.
Sobra decir que la moraterapia no se basa en investigaciones científicas serias ni tampoco está avalada por ninguna institución científica o médica respetable, aunque utilice un lenguaje salpicado de términos técnicos y científicos. Es tan sólo uno más de esos engaños para aligerar bolsillos de pacientes crédulos o desesperados, dispuestos a creer que la causa de las enfermedades está en las malas vibras.