Publicado en Nº 525,
marzo 2007
QUE NO LE DIGAN, QUE NO LE CUENTEN
La terapia del jugo de riñón
Juan José Morales
Durante miles de años el ser humano ha estado invirtiendo tiempo, talento, dinero y esfuerzo en inventar medicinas y formas de curarse de sus males. Pero aquello ha sido un total y absoluto desperdicio. Ya la sabia naturaleza nos ha equipado a todos y cada uno de los mortales con una farmacia personal, en la cual se mantiene siempre una buena dotación de cierto remedio muy efectivo y enteramente gratuito para todas las enfermedades habidas y por haber.
La botica la llevamos en el vientre, se llama vejiga, y la panacea para todos los males es ese líquido tibio y amarillento del cual producimos en promedio litro y medio al día: la orina. Para curarse de cualquier enfermedad y mantenerse sano y fuerte como Sansón, basta echarse cada día entre pecho y espalda un buen vaso espumeante de ese que en el habla popular del mexicano se conoce como “jugo de riñón”. Pero, atención: no tome más orina que la propia. Nunca la ajena.
¿Ridículo? ¿Absurdo? ¿Grotesco? ¿Cómico? ¿Nauseabundo? ¿Repugnante? Los adeptos a cierta práctica seudomédica llamada orinoterapia o uroterapia —que más bien tiene características de culto— lo hacen y lo recomiendan con entusiasmo, pues están convencidos de que beber orina cura todo, desde un simple catarro hasta el cáncer y el mal de Parkinson, pasando por hepatitis, disentería, ictericia, lepra, urticaria, gonorrea, gota, asma, trastornos cardíacos, fiebre, parasitosis, tétanos, lumbago, reumatismo, tuberculosis diabetes y otros varios cientos de etcéteras. Es más: no faltan quienes juran y perjuran saber de enfermos de sida que se curaron bebiendo su propia orina.
Además de ingerirla, se puede usar en gárgaras para aliviar la irritación de garganta, y en caso de trastornos intestinales, un buen enema de orina acabará con ellos como por ensalmo. Si el problema está en los pies, lavárselos con el dorado líquido hará desaparecer los hongos. Las damas —y los caballeros preocupados por su apariencia— deben saber que unas buenas abluciones con orina le dejarán la piel más suave y tersa que la de un bebé. Si lo que le preocupa son esos kilitos de más, bébase unos litritos y quedará como varita de nardo. Pero si, al contrario, su problema es ser demasiado flaco, tómela también; le hará engordar. Y en esos días en que se siente decaído, fatigado y deprimido, una copita de orina le devolverá los bríos de inmediato.
La eterna juventud
Quien la bebe puede olvidarse para siempre del insomnio, pues dormirá como un bendito. Y si anda en busca de la eterna juventud —o casi—, nada mejor que la orina, ya sea sola, en las rocas o mezclada con agua o jugo de frutas. “90 millones de chinos y japoneses consumen orines y alcanzan longevidades superiores a los cien años”, se dice en un artículo naturista. Otro afirma que “los lamas tibetanos, quienes tienen la costumbre y tradición de tomar su propia orina, viven hasta 150 años”. Después de leer eso, dan ganas de ir corriendo al mingitorio a iniciar la dieta amarilla. Pero ni los monjes del Tíbet viven más que el común de los seres humanos, ni en China o Japón hay una proporción anormalmente alta de centenarios, salvo en una que otra región o población, como ocurre en cualquier país.
Desde luego, la orina —que en un 95% consiste en agua y en un 5% en desechos del organismo, principalmente urea— no contiene más sustancias medicinales, vitaminas y minerales, que restos de aquellas que pudieran haberse ingerido y ya pasaron por el aparato digestivo sin ser utilizadas. Y no hay una sola investigación que demuestre una sola de las incontables propiedades curativas que se le atribuyen. Los argumentos de los entusiastas de la orinoterapia son simples afirmaciones sin sustento, o los usuales testimonios de gente que dice haberse curado con ese procedimiento. Y cuando manejan datos científicos, las más de las veces demuestran una monumental ignorancia. Aseguran, por ejemplo, que la orina, la sangre y el fluido amniótico —el líquido en que está inmerso el feto— son una y la misma cosa. Dicen campechanamente que la orina es sangre filtrada a través de los riñones, aunque cualquier estudiante de medicina sabe que la composición química de una y otra son totalmente distintas (quizá por eso ni el más entusiasta defensor de la orinoterapia aceptaría que en vez de una transfusión de sangre le metieran orina en las venas).
Respecto al líquido amniótico, afirman que “es primordialmente orina” y que ayuda al bebé a tener una piel suave y tersa que cicatriza fácil y rápidamente tras cualquier herida. En ello se funda la afirmación de que las aplicaciones de orina son excelentes para mantener un cutis siempre juvenil. Todo eso, sin embargo, es mentira. En lo único que se parecen la orina y el fluido amniótico es en que contienen esencialmente agua. Y la piel de un recién nacido más bien es seca y arrugada ya que mientras permanece en el vientre materno —y durante sus primeras semanas de vida— no le funcionan las glándulas sebáceas. El líquido amniótico no tiene ningún efecto benéfico sobre la piel del feto, que está recubierto y aislado de él por una sustancia parecida al queso, llamada vernix caseosa o unto sebáceo.
Por lo demás, beber orina no es sólo inútil, sino riesgoso. La propia Asociación China de Uroterapia advierte que puede ocasionar diarrea, comezón, fatiga, fiebre, dolores musculares y otros trastornos que a veces se prolongan por meses, aunque aclara optimistamente que no hay que desalentarse por ello, pues es “como la oscuridad que se hace más densa antes de amanecer”, y si uno persiste en tomarla, a la larga gozará de la felicidad de una vida sana.
Sin progenitor conocido
A diferencia de otras seudomedicinas que fueron inventadas por alguien en particular, la uroterapia no tiene progenitor conocido, y es cierto que —como afirman sus adeptos— se practica desde hace miles de años. Parece que la costumbre de beber orina estuvo relacionada inicialmente con ciertos ritos religiosos tántricos de la India, cuyos seguidores se caracterizaban por desafiar y violar las normas sociales establecidas o mofarse de ellas, como una manera de establecer su superioridad moral sobre los demás hombres. O bien, como la orina está relacionada con los órganos sexuales —el hombre la emite por el pene y la mujer muy cerca de la vagina—, quizá beberla era una forma mágica de adquirir potencia sexual, de igual modo que en ciertas tribus comerse el corazón de un enemigo muerto en combate supuestamente permite adquirir su valentía.
De hecho, la uroterapia tiene claros tintes místicos y religiosos. Sus devotos afirman que la Biblia recomienda beber la propia orina, y en favor de tan peregrina idea citan el siguiente pasaje del Libro de los Proverbios: "Bebe el agua de tu propia cisterna, los raudales de tu propio pozo.” Y las palabras “Sean ellas para ti solo, no para los extraños que estén contigo”, las interpretan como una advertencia para beber únicamente la orina propia. Pero en realidad esta alegoría bíblica se considera un llamado a la fidelidad en el matrimonio y a no cometer adulterio.
El más sólido argumento en favor de la orinoterapia es que —se dice— la practican diez millones de chinos, 12 millones de japoneses, siete millones de alemanes, cinco millones de indios y otros muchos millones de individuos de diferentes nacionalidades. Pero en todo caso eso no demuestra que cure nada, sino simplemente que en este mundo abunda la gente dispuesta a creer cualquier tontería y hacer las cosas más absurdas o estúpidas.