Publicado en el diario Por Esto!
Viernes 18 de abril de 2008
IMPACTO AMBIENTAL
Puerto Cancún y sus consecuencias
Juan José Morales
Dragar y rellenar, rellenar y dragar. Eso es básicamente lo que se está haciendo en la extensa zona de humedales donde se construye Puerto Cancún, un gran fraccionamiento de lujo en las proximidades de Puerto Juárez. Dragados para construir embarcaderos y abrir canales que permitan el acceso a los yates que los utilizarán, y —sobre todo— grandes rellenos para crear calles y zonas residenciales, con enormes torres de departamentos.
Así, lo que era una vasta extensión de manglares, lagunas, marismas, ciénagas y pantanos con una rica y variada fauna de aves, peces, crustáceos y mamíferos, está cambiando totalmente de fisonomía, y ya casi desde cualquier punto de Cancún pueden verse las primeras moles de concreto de los condominios que ahí se levantan.
Pero parece que a ninguna autoridad le preocupan los graves problemas ambientales que ocasionará la obra. Aquel gran humedal no era —como muchos piensan— un lodazal inútil, un terreno desaprovechado que ahora multiplicó su valor gracias a la urbanización. Precisamente por ser un humedal, una zona más baja que los alrededores, actuaba como un vaso hidráulico regulador en la época de lluvias. A él fluían los escurrimientos superficiales de los terrenos vecinos, y en él afloraban en forma de ojos de agua o manantiales, las corrientes de los mantos acuíferos subterráneos característicos de la península de Yucatán.
Al cambiar radicalmente sus condiciones y estar ahora a mayor altura como resultado de los rellenos —para asegurar que el fraccionamiento no se inunde— esa gran extensión de terreno dejará de cumplir sus funciones de vaso regulador. Al no poder fluir hacia allá el exceso de agua de los alrededores, se estancará en las zonas escolares y habitacionales vecinas.
Al respecto, hay que subrayar que la colonia denominada Donceles 28, aledaña a Puerto Cancún, ha sufrido tradicionalmente severos problemas de encharcamientos e inundaciones porque era un humedal en el cual no debió haberse construido nada, mucho menos viviendas. Incluso, para paliar el problema se construyó un pequeño canal de drenaje pluvial. Pero ese conducto ya resulta inútil, porque desaguaba justamente en el manglar que fue destruido y rellenado para construir Puerto Cancún. Ahora, las aguas ya no tendrán salida por ahí.
Y para agravar las cosas, se construirá un alto muro divisorio entre Puerto Cancún —que está planeado como una especie de lujoso ghetto con acceso restringido y controlado mediante puestos de vigilancia en las entradas— y el resto de la ciudad. Por supuesto, el muro no solamente impedirá que los nativos —a excepción de sirvientes y proveedores— entren al enclave turístico, sino también bloqueará cualquier flujo de agua hacia esa zona.
Lo más irónico del caso es que al anunciarse la gran obra, se hizo creer a los habitantes de los alrededores que con ella sus casas tendrían mayor plusvalía y podrían rentarlas o venderlas a mejor precio. Pero el futuro que les espera no es nada halagüeño, y ahora —con el recuerdo todavía fresco de las terribles inundaciones que padecieron durante el ciclón Wilma en 2005— esperan con inquietud y temor la próxima temporada de lluvias y huracanes.
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