Publicado en los diarios Por Esto!
Lunes 29 de mayo de 2006
IMPACTO AMBIENTAL
El Caribe mexicano, tierra de huracanes
Juan José Morales
Para quien todavía pudiera dudar que esta es tierra de huracanes y que la costa mexicana del Caribe está particularmente expuesta a ellos —sobre todo en su porción norte—, basta señalar que de los diez huracanes más poderosos y destructores registrados hasta ahora en el Atlántico, tres penetraron a la península por el litoral de Quintana Roo, de otros dos nos libramos por un pelito, pues pasaron rozándola, y un sexto nos atacó —vale decir— por la retaguardia, ya que entró a tierra por la costa occidental, del lado de Campeche, aunque ya muy debilitado.
El primero de los tres grandes ciclones que han devastado la costa de Quintana Roo fue, en 1955, el Janet, que está catalogado como el décimo por su intensidad y materialmente barrió con la ciudad de Chetumal. Luego, en 1988, el Gilberto, clasificado en segundo lugar, que dejó en ruinas a Cancún y Cozumel. Y el año pasado el Wilma, que ocupa el primer puesto y también devastó ambas ciudades.
Los dos que nos pasaron a muy corta distancia, escurriéndose por el canal de Yucatán entre el Cabo Catoche y Cuba, fueron el Allen en 1980 y el Iván en 2004. Por su intensidad, ocupan respectivamente los lugares 5 y 9 en la lista. De estos dos últimos hay que señalar que si bien eran muy poderosos, sus efectos sobre la península fueron relativamente reducidos —aunque de todos modos el Iván se llevó gran parte de las playas de Cancún— porque la parte de un huracán donde los vientos soplan con más violencia y las lluvias son más copiosas, es el lado derecho, en relación a su dirección de avance, y ese es el sector que nos quedó más lejos.
Finalmente, el que nos cayó por la puerta trasera fue el Mitch, octavo en la lista y catalogado como el segundo más mortífero de la historia en el Atlántico. Primero devastó Nicaragua y Honduras, donde dejó 11 000 muertos y 8 000 desaparecidos. Continuó por Guatemala, en suelo mexicano cruzó Chiapas y Tabasco, para alcanzar el Golfo de México, donde torció hacia la península y atravesó Campeche y Yucatán, ya debilitado a depresión tropical —aunque de todos modos causó copiosas lluvias— y luego atravesó el Golfo, donde se recuperó para llegar a Florida como tormenta tropical, y todavía pudo alcanzar la Gran Bretaña, al otro lado del Atlántico, antes de desvanecerse por completo.
Resulta así que la costa norte de Quintana Roo ha recibido de lleno el impacto de los dos mayores huracanes de la historia en el océano Atlántico —tanto por su tamaño como por la fuerza de sus vientos y por la devastación que ocasionaron—, y eso ocurrió en un lapso de 17 años. Adicionalmente, hemos sufrido un huracán de magnitud suficiente para dejar totalmente en ruinas una ciudad, y estuvimos en un tris de que nos pegaran directamente otros dos.
Todo esto nos demuestra que el peligro de los huracanes está siempre presente, y que además los huracanes a los que se halla expuesta la costa oriental de la península son especialmente catastróficos. Sin embargo, tal parece que ni a las autoridades ni a los empresarios les preocupa mucho protegerse debidamente de ellos. La gran destrucción ocasionada por Wilma —que barrió, como castillos de naipes, hoteles, plazas comerciales y otras construcciones— se debió en gran medida a que estaban hechas de tablarroca, paneles de poliuretano, canceles de madera aglomerada, delgadas láminas de vidrio y otros materiales endebles, incapaces de resistir el impacto de los vientos o que se desmoronaban con el agua de la inundación.