Publicado en los diarios Por Esto!
Lunes 3 de septiembre de 2007
IMPACTO AMBIENTAL
El polvo africano y los huracanes
Juan José Morales
Los huracanes son generadores de lluvia, como bien saben todas aquellas personas que sufrieron las desastrosas inundaciones causadas por Stan, Katrina, Mitch, Dean y otros huracanes famosos. Esos fenómenos actúan como gigantescas bombas meteorológicas que levantan agua del mar, la transportan en sus grandes formaciones de nubes y la depositan en tierra.
Pero, curiosamente, muchos de los huracanes que provocan copiosas precipitaciones en México, Centroamérica y las Antillas, nacen cerca de uno de los sitios del mundo en que menos llueve: en la zona de las islas de Cabo Verde, a un paso de la costa occidental de Africa, donde se hallan el desierto del Sahara y el Sahel, que es la zona árida situada al sur de él. Y, más curiosamente, recientes investigaciones científicas indican que los huracanes pueden crecer y vigorizarse por efecto del seco y fino polvo que los vientos alisios arrastran desde suelo africano.
La zona de Cabo Verde, como decíamos, es una importante matriz de huracanes de largo recorrido que, si no se desvían inofensivamente hacia el Atlántico del Norte —donde se disipan al llegar a aguas frías— alcanzan a llegar al continente americano y las islas del Caribe, como ocurrió con el Janet, el Gilberto y el Dean, por citar sólo tres especialmente devastadores y de ingrata memoria para México. Y ante el hecho de que esa zona recibe un abastecimiento constante de polvo desde Africa, los investigadores comenzaron a preguntarse qué efecto podría tener la presencia de ese material en la evolución de un huracán.

Esta imagen de la NASA muestra las grandes cantidades de polvo que los vientos alisios transportan desde Africa (a la derecha) hacia la zona de las islas de Cabo Verde en el Atlántico (izquierda), donde se forman muchos huracanes que llegan hasta América.
Las posibilidades de que el meteoro se intensifique se basan en el hecho de que los minúsculos granos de polvo sirven como núcleos de condensación para formar gotas de lluvia con el vapor de agua de las nubes. El vapor de agua, al pasar al estado líquido, libera lo que los físicos llaman calor latente de evaporación, o sea la energía térmica almacenada por el agua en su evaporación. Esto significa que si en su interior hay lluvias más copiosas como resultado de la presencia de polvo, un huracán tendrá más energía térmica para crecer y fortalecerse.
La posibilidad opuesta es que el aire seco y cargado de polvo interrumpa los patrones de circulación de aire húmedo que intensifican el huracán y así se limite su desarrollo.
Para salir de dudas, el año pasado un grupo de investigadores de la NASA encabezados por el geofísico Bill Lapenta, estudiaron una depresión tropical en la zona de Cabo Verde, con ayuda de satélites artificiales, globos de sondeo, un avión cazahuracanes y sistemas de radar. En un principio, cuando el aire contenía poco polvo, la depresión era débil. Pero en dos días más, a medida que le llegaban grandes cantidades de polvo de Africa, el sistema evolucionó rápidamente, se convirtió en tormenta y luego creció hasta volverse el huracán Helena, uno de los más potentes que hubo en el Atlántico en la temporada 2006.
Esto permite suponer que una gran masa de aire cargado de fino polvo puede actuar como catalizador para intensificar una tormenta o un huracán, aunque los investigadores prefieren ser cautelosos y no llegar a esa conclusión antes de obtener más datos que confirmen tal punto de vista.
Pero si se ratifica que efectivamente el polvo del continente africano influye directamente en el desarrollo de los huracanes, se podrá predecir mejor el número de esos fenómenos que puede esperarse —tomando en cuenta las sequías en aquella región del mundo—, así como la evolución de una tormenta o un huracán en particular, según la cantidad de polvo que transporten los vientos.