Publicado en los diarios Por Esto!
Lunes 10 de abril de 2006
IMPACTO AMBIENTAL
La respuesta está en el fango
Juan José Morales
En la Cuenca de Cariaco, una profunda fosa del Caribe situada frente a Venezuela, a un kilómetro bajo la superficie del mar, en aguas sumidas perpetuamente en las tinieblas y entre capas de fango estéril sin rastros de vida e inalteradas por milenios, los científicos creen haber encontrado la solución a un viejo enigma arqueológico: la causa del colapso de la cultura maya hace más de mil años, a fines del período Clásico.
Sobre ese capítulo de la historia se han tejido las más variadas hipótesis, desde un desastre ecológico por la destrucción de la selva, hasta rebeliones campesinas, contaminación del agua, epidemias y aún influencias cósmicas o sobrenaturales. Pero un informe publicado en la revista American Scientist por los investigadores norteamericanos Larry C. Peterson de la Universidad de Miami y Gerald H. Haug de la Universidad del sur de California, sostiene que el derrumbe de las florecientes ciudades-estado mayas se debió a una serie de graves sequías que se prolongaron dos siglos, hicieron perderse una y otra vez las cosechas, causaron un desastre agrícola y volvieron inhabitables las ciudades por falta de agua para sus habitantes.
Esta hipótesis no es nueva. Ya se había expuesto hace tiempo, y al estudiar capas sedimentarias en lagunas y otros sitios del área maya, se hallaron evidencias en su favor. Pero la investigación de Peterson y Haug parece comprobarla de manera concluyente.
Debido a su gran profundidad y a que es como una inmensa olla totalmente rodeada por altas paredes submarinas, la fosa o cuenca de Cariaco es una especie de trampa donde los sedimentos depositados a lo largo de más de diez mil años se mantienen inalterados ya que no hay corrientes que los remuevan y la falta de oxígeno impide la vida de animales que pudieran hacerlo.
La relación de este abismo marino con el mundo maya estriba en que la zona de Venezuela cuyos ríos desfogan hacia la cuenca de Cariaco tiene sensiblemente el mismo régimen de lluvias que Guatemala y la península de Yucatán, a más de dos mil kilómetros de distancia: cuando allá las lluvias son copiosas, por acá también lo son, y si escasean por esos rumbos, lo mismo sucede en tierras peninsulares. Y no por mera coincidencia, sino por efecto de los procesos meteorológicos que ocurren en la llamada Zona Intertropical de Convergencia, que —dicho sea de paso— es también donde se originan los huracanes. Al estudiar los sedimentos depositados en la cuenca —cuyo espesor y composición varían conforme al caudal de los ríos y por tanto de la precipitación pluvial— se puede entonces saber cómo fue el clima del pasado en el área maya. Peterson y Haug extrajeron una columna de sedimentos de 170 metros de longitud, equivalente a más de dos mil años de lenta acumulación, y encontraron que durante la declinación de la cultura maya, de 750 a 950 de nuestra era, hubo cuatro grandes episodios de sequía a intervalos de unos 50 años iniciados alrededor de 760, 810, 860 y 910. De hecho, fue una megasequía de dos siglos con breves períodos de lluvias normales. Esto coincide con algunos estudios según los cuales el despoblamiento de las grandes ciudades mayas del Clásico no ocurrió en forma súbita ni de una sola vez, sino en varias fases, que coinciden muy estrechamente con las sequías de 810, 860 y 910.
En aquel entonces, en el mundo maya había, según se estima, 13 millones de habitantes y docenas de ciudades mucho mayores que las de la Europa medieval. Su vida dependía de las lluvias. En la península de Yucatán no existen ríos ni lagos, y en la zona sur, donde los hay, casi ninguna ciudad estaba situada a sus orillas. Para abastecerse de agua, los mayas construyeron grandes e ingeniosos sistemas de captación y almacenamiento de lluvia. Pero de nada servían tan elaboradas obras hidráulicas si no llovía.
Curiosamente, sin embargo, quienes pudieron resistir mejor y de hecho superaron la megasequía, fueron los mayas del norte, la zona donde menos llueve. Su ventaja fue que ahí abundan los cenotes, y a través de ellos obtenían agua de los mantos subterráneos. Pero en el sur, donde los acuíferos se encuentran a mayor profundidad, la sequía fue desastrosa. Por ello el colapso comenzó en el sur e incluso parece haber desatado migraciones hacia el norte. Y uno de los resultados de ello fue un cambio radical en el balance del poder. Las grandes potencias de la época clásica, como Calakmul y Tikal, perdieron su hegemonía y en el norte surgieron nuevos centros de poder, como Chichén Itzá primero y Mayapán después.
Así pues, la respuesta al enigma de la decadencia maya está en el fango.