Publicado en los diarios Por Esto!
Lunes 2 de septiembre de 2006
IMPACT0 AMBIENTAL
Huracanes y edificios desechables
Juan José Morales
A los expertos les preocupa el hecho de que los huracanes se están haciendo cada vez más severos en términos de daños materiales. Y ello es resultado de la acción humana. No precisamente, como muchos piensan, debido al calentamiento global de la atmósfera por el creciente consumo de combustibles fósiles y la inyección de gases de invernadero a la atmósfera. El calentamiento probablemente influye en el número e intensidad de las tormentas tropicales —de hecho durante los últimos 30 años se ha registrado una mayor cantidad de tormentas y huracanes violentos—, pero la causa principal por la cual ahora los huracanes causan mayores daños que antes es porque a lo largo del último medio siglo se han estado poblando masivamente las regiones costeras más expuestas a ellos. Además, se han levantado en esas zonas gran cantidad de hoteles, condominios, zonas residenciales, puentes, carreteras, muelles y otras obras construcciones, con sus correspondientes infraestructuras de apoyo, como redes de energía eléctrica, o sistemas de agua potable y alcantarillado. Por supuesto, mientras más construcciones haya en un lugar dado, mayor será el daño que ahí ocasione un huracán intenso.
Tal es el caso del área del Caribe, donde muchas islas se han vuelto paraísos turísticos. Y en el caso de México, todavía a principios de la década de los 70 la costa de Quintana Roo se hallaba casi despoblada, como lo había estado durante cientos de años. Los potentes huracanes que de tiempo en tiempo la azotaban, no causaban por lo tanto más daños que la destrucción de unos cientos de viviendas. Pero a partir de 1972 la situación cambió radicalmente con el explosivo desarrollo turístico y el poblamiento de la región. Ahora, a lo largo de más de 150 kilómetros en el norte de la costa mexicana del Caribe, así como en las islas de Mujeres y Cozumel, hay una cadena de grandes construcciones, tanto a orillas del mar como a cierta distancia tierra adentro, con valor de muchos miles de millones de dólares y expuestas al embate de esos fenómenos.
Además —y esto es igualmente importante— en gran parte son construcciones especialmente vulnerables, pues en ellas se utilizaron materiales frágiles, como vidrio y paneles ligeros. En un principio, ello se debió que los tres primeros lustros del auge turístico transcurrieron dentro de un anómalo período de calma ciclónica y ni las autoridades, ni los hoteleros ni los constructores se preocuparon gran cosa por la posibilidad de un huracán. Por eso las normas de construcción eran bastante laxas al respecto. Luego, a pesar de que el huracán Gilberto demostró que esos fenómenos debían tomarse muy en serio, todavía entre algunos empresarios priva el concepto de lo que podría llamarse edificio desechable. Es decir, la idea de que resulta más barato y conveniente —para sus intereses, desde luego— seguir construyendo con materiales ligeros y frágiles y reconstruir lo que sea destruido, que hacer edificaciones sólidas y resistentes. Y no faltan constructores que simplemente se aprovechan de las deficiencias y lagunas de los reglamentos de construcción para dar a sus clientes gato por liebre.
Es la filosofía del envase desechable transferida a los edificios. Lo importante es construirlos lo más rápido y barato posible y venderlo lo más pronto y lo más caro que se pueda. Si el viento y el agua se los llevan, el problema será del dueño, que perderá su inversión, o del inquilino, que perderá muebles, computadoras, archivos, herramientas y demás bienes y no podrá trabajar en varios meses.
Así pues, podemos esperar huracanes cada vez más destructores. No tanto porque sean más violentos, sino porque les estamos poniendo por delante más cosas qué destruir.