Naturaleza Maya
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Publicado en los diarios Por Esto!
Lunes 18 de junio de 2007

IMPACTO AMBIENTAL
La ceiba: de América al Africa
Juan José Morales

En la civilización de los antiguos mayas, la ceiba o yaxché —Ceiba pentandra en la clasificación botánica— tenía una gran importancia: era el árbol sagrado que conectaba los diversos niveles del Universo, desde el inframundo hasta el cielo. Esa veneración persiste hasta nuestros días, y se manifiesta en la presencia en los poblados mayas de ceibas a cuya sombra se discuten y resuelven los asuntos de la comunidad. Pero no sólo hay ceibas en la región maya. Las hay también en otras regiones de América, desde ambas costas tropicales de México en las vertientes del Golfo y el Pacífico, hasta Brasil. Y las hay igualmente en Africa, aunque ahí su distribución no es tan amplia, sino que está limitada a la zona occidental de ese continente y a una franja situada entre los 5 y los 20 grados de latitud norte.

La existencia de ceibas en ambos lados del Atlántico se ha explicado usualmente como resultado de la llamada deriva continental o desplazamiento de los continentes. Ese árbol ya  existía, se dice, antes de que hace más de 90 millones de años el supercontinente Pangea se fragmentara y América iniciara su lento proceso de alejamiento de Africa, que todavía prosigue. Así, la población original de esa especie se dividió en dos. Otros científicos, en cambio, consideran que la ceiba es mucho más reciente, se originó en América y de alguna manera se propagó a Africa.

Pues bien de acuerdo con una reciente investigación del biólogo Christopher Dick, publicada en la revista Molecular Ecology, ese árbol efectivamente proviene de América, no existía en suelo africano antes de la división de los continentes, y se propagó a aquella parte del mundo en forma natural hace unos 10 ó 15 millones de años. Por eso su área de distribución se reduce a la zona oeste de Africa, que es la más próxima a Sudamérica.

La ceiba, un árbol de dimensiones verdaderamente majestuosas —alcanza hasta 70 metros de altura, o sea tanto como un edificio de 16 pisos— produce frutos en forma de cápsulas leñosas que al abrirse dejan salir 200 o más pequeñas semillas, de cuatro a ocho milímetros de largo, adheridas a finas fibras algodonosas blancas y muy suaves, como algodón, que popularmente se conoce como pochote —nombre que también se aplica en algunos lugares al propio árbol— o kapok y que se usaba como material de relleno para almohadas, colchones, salvavidas y otros objetos, y como material aislante en hieleras. Esas semillas pueden ser fácilmente llevadas por el viento hasta grandes distancias y son también lo bastante ligeras para flotar en el agua. Pueden conservar su capacidad de germinación hasta seis meses si se les conserva almacenadas y protegidas, pero en un medio ambiente húmedo no resisten tanto tiempo. Por eso se consideraba poco probable que pudieran resistir el largo viaje hasta Africa llevadas por las corrientes marinas o por los vientos.

Pero poco probable no significa imposible. Las cápsulas maduras llenas de semillas que caen sin abrir del árbol al agua pueden flotar indefinidamente, tanto en agua dulce como salada, sin que el agua las penetre. Eso pudo haber ocurrido en el remoto pasado y permitió que cierta cantidad de semillas llegara hasta las costas africanas.

Sea como sea, esta nueva investigación fortalece la idea de que efectivamente la ceiba, el árbol sagrado de los mayas, es originario del continente americano y de aquí se propagó a Africa sin intervención humana. La importancia de estudios de este tipo, estriba en que al saber mejor dónde y cómo se originaron las diferentes especies de árboles tropicales y de qué manera se propagaron, se puede planear mejor su protección y conservación.

En el caso de la ceiba, esto es necesario, pues aunque por razones culturales, religiosas y de otro tipo se le protege —los ganaderos, por ejemplo, lo mantienen como árbol de sombra al desmontar el terreno para sus potreros—, y aunque también por algún tiempo se salvó de la industria forestal porque su madera no es adecuada para fabricar muebles, en los últimos tiempos ha sido víctima de la deforestación y en muchos lugares se le ha explotado en exceso, desde que se desarrollaron técnicas para utilizarla en la fabricación de tableros de madera contrachapada o aglomerada.

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