Naturaleza Maya
Contáctenosmail
 
   
 

Publicado en los diarios Por Esto!
Lunes 12 de febrero de 2007

IMPACTO AMBIENTAL
Don Alberto: por favor no nos vea la cara
Juan José Morales

Con motivo del encarecimiento de la tortilla, las advertencias de que su precio podría subir todavía más porque en Estados Unidos y Canadá está aumentando el uso de ese grano para producir combustible, y las exigencias de que se aumente la producción nacional del grano para no depender de las importaciones, se ha comenzado a manejar la idea de que esto último sólo puede lograrse si se utilizan masivamente semillas de maíz transgénico. Es decir, modificado mediante manipulaciones genéticas en el laboratorio y no por siembra y cruzamientos en el campo como se han obtenido tradicionalmente las razas y variedades de plantas. Por lo tanto —agregan quienes sostienen ese punto de vista—, deben eliminarse las prohibiciones sobre su siembra en México establecidas desde hace tiempo por las autoridades a petición de científicos y organizaciones campesinas.

En favor de la introducción masiva de maíz transgénico en los campos mexicanos, se afirma que da rendimientos bastante mayores que el usado durante siglos por los campesinos mexicanos, y que rechazar el empleo de esas nuevas semillas es oponerse al progreso y condenar a nuestros labriegos a seguir en el atraso y a obtener cosechas misérrimas.

En primer lugar, hay que aclarar que el maíz transgénico no es tan maravilloso como muchos piensan ni rinde mucho más que las buenas semillas convencionales. En segundo lugar, hay que dejar bien claro también que los científicos y las organizaciones campesinas, no se oponen al uso de variedades transgénicas en sí, sino al empleo de semillas producidas por grandes compañías transnacionales. Piden apoyar la investigación científica para desarrollar nuestras propias semillas transgénicas y nuestras propias técnicas de cultivo, adecuadas a las condiciones ambientales, culturales y económicas y a las posibilidades y necesidades de la agricultura mexicana.

Sin embargo, los sucesivos gobiernos del PRI y del PAN, desde el de Salinas de Gortari hasta el actual de Calderón, han escatimado recursos a la investigación agrícola y recortado los apoyos al campo. Se llegó al extremo de liquidar la Productora Nacional de Semillas, institución gubernamental que abastecía con semillas seleccionadas y mejoradas a los agricultores mexicanos. Así, esos gobiernos allanaron el camino a las grandes empresas transnacionales productoras de semillas, con el criterio de que si ellas hacen investigación, no debemos duplicar esfuerzos. 

Empero, usar semillas patentadas por las transnacionales está acabando por completo con la soberanía alimentaria del país y poniendo a nuestros agricultores en manos de esas empresas, al hacerlos totalmente dependientes de ellas. También se corre el riesgo de que el uso de tales semillas altere genéticamente las razas y variedades autóctonas. No debe olvidarse que el maíz se fecunda con polen llevado por el viento, de modo que el de las plantas de una parcela sembrada con semillas transgénicas puede afectar a las de otros sembradíos. Incluso, se puede dar el caso de que alguna transnacional productora de semillas demande y obligue a pagar una indemnización —y hasta encarcele— a campesinos cuyos cultivos sean fertilizados accidentalmente, aduciendo que robaron semillas patentadas. Aunque parezca increíble, esto ya ha ocurrido en Estados Unidos.

El secretario de Agricultura, Alberto Cárdenas Jiménez —el mismo que como secretario de Medio Ambiente autorizó la destrucción de humedales— trata de minimizar estos riesgos. Ha llegado a decir —no sé si en serio o en broma— que no hay peligro de que las transnacionales dominen el cultivo de maíz en México, porque los agricultores podrían crear sus propias empresas para producir semillas transgénicas.

En México, el maíz se siembra en pequeña escala. El 60% lo producen 3.2 millones de campesinos, en parcelas menores de cinco hectáreas. Quisiera yo ver a Cándido Caamal, Inocencio Huitzil o cualquier otro milpero indígena compitiendo con Monsanto y demás grandes gigantes trasnacionales del mercado de semillas. No creo que don Alberto sea tan tonto para pensar que eso es posible. Más bien pienso que nos ve la cara de tales. Y mientras intenta tomarnos el pelo, la secretaría a su cargo sigue acabando con la agricultura nacional y abriendo las anchas puertas del campo mexicano a los consorcios extranjeros.

Atras
 
   
>