Naturaleza Maya
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Publicado en el diario Por Esto!
Lunes 7 de julio de 2008

IMPACTO AMBIENTAL
La dorada lluvia del verano
Juan José Morales

Alicia Salazar, de Cancún, nos ha pedido información sobre el árbol llamado lluvia de oro, que florece en esta época y ha visto en algunos camellones de la ciudad, donde a menudo se le encuentra  alternado o entremezclado con ejemplares de flamboyán, el cual igualmente florece durante la primavera y el verano, de modo que la combinación de flores rojas y doradas ofrece un hermoso espectáculo. En particular quiere saber si es nativo de la región, pues ha observado que es también muy abundante en las calles de Mérida.

Izquierda, árboles de lluvia de oro totalmente cubiertos de flores. A la derecha, un ramillete de flores colgantes.

Pues bien, aunque la lluvia de oro —o Cassia fistula como se le denomina científicamente— es muy conocida en la península y mucha gente considera que es un árbol nativo de estas tierras del Mayab, en realidad es una especie introducida. O exótica, como llaman los biólogos a las plantas y animales procedentes de otros lugares del mundo. Es originaria de la India y el sureste de Asia, de donde fue llevada como especie ornamental a muchas zonas tropicales de Africa y América. En México se le encuentra en Morelos, Guerrero, los estados del sureste y otras regiones. También es común en Centroamérica, Brasil, las islas del Caribe y el norte de Sudamérica. Y ciertamente en la época de floración es un árbol de especial belleza, pues queda materialmente cubierto de grandes racimos o panículas colgantes de flores doradas. Tiene también la ventaja de su rápido crecimiento. En relativamente corto tiempo alcanza un porte de ocho ó diez metros, y en ocasiones hasta 15. Se usa también como árbol de sombra, aunque su follaje no es muy tupido.

De este género, el Cassia (que según tengo entendido los botánicos han rebautizado Senna), hay en el mundo unas 500 especies, en su gran mayoría con atractivas y abundantes flores, como la Cassia spectabilis, un arbusto grande que también posee bellas flores amarillas dispuestas en racimos, pero no colgantes como los de la lluvia de oro, sino erectos y dirigidos hacia arriba. Incluso se han producido algunos híbridos, como la Cassia x neaeliae o lluvia arcoiris, producto del cruzamiento de la C. fistula y la C. javanica, que se caracteriza por sus flores de color combinado dorado y rosado intenso. Pero probablemente ninguna es tan hermosa e impresionante como la lluvia de oro.

Y no sólo sirve con fines ornamentales. Su madera es útil como combustible y ocupa un lugar importante en la herbolaria tradicional. Sus semillas —encerradas en grandes vainas colgantes, cilíndricas, oscuras, de 30 a 50 centímetros de longitud y 1.5 a 1.7 de diámetro— están recubiertas por una sustancia mucilaginosa que tiene propiedades laxantes debido a su contenido de ciertos compuestos químicos denominados anthraquinones y, preparada en infusiones, se usa con ese propósito en medicina popular. Se dice que no irrita los intestinos y por ello se recomienda especialmente para ancianos y niños. También se emplea contra los cálculos renales, las llamadas piedras del riñón. La corteza y las hojas, a su vez, se utilizan en diversas formas para tratar una variedad de padecimientos, así como contra quemaduras e inflamaciones. Pero hay que ser muy cuidadoso al tomar estos remedios. En dosis elevadas, tanto el mucílago de las semillas como las hojas y la corteza tienen efectos tóxicos y pueden causar náuseas, vómitos, calambres musculares y fuertes dolores abdominales y otros problemas severos.

Esta es, pues, nuestra lluvia de oro, un árbol que llegó del otro lado del mundo pero se ha adaptado perfectamente al clima y el suelo de la península.

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