Naturaleza Maya
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IMPACTO AMBIENTAL
Van der Waals y las cuijas
Juan José Morales

Las cuijas, gecos, salamanquesas, niños, tiracolas, cuidacasitas o perritos, como se les conoce popularmente en español, ch'ohkan y p'ikuneil, según se les denomina en maya, esas pequeñas lagartijas que rondan por el interior de las casas y a las que muchas personas temen por sus grandes ojos y su peculiar aspecto —aunque son totalmente inofensivas y muy útiles como devoradoras de insectos nocivos—, se han convertido en objeto de investigación por parte de científicos que quieren saber en detalle cómo pueden caminar tan ágil y velozmente por techos y paredes, y aún sobre vidrios, espejos y otras superficies totalmente lisas.

Uno de esos estudios, del cual se informa en el número de marzo-abril de la revista American Scientist, ha revelado que las patas de estos pequeños reptiles tienen una capacidad de adhesión tan grande que podrían soportar un peso muchos miles de veces mayor que la del propio animal.

Ya desde hace algún tiempo se conocía el mecanismo por el cual las cuijas se adhieren a las superficies. En los dedos de las patas poseen millones de unas peculiares estructuras en forma de diminutas setas o pelillos, ramificados en los extremos. Esos filamentos microscópicos interactúan con las pequeñísimas irregularidades que existen aún en las superficies más lisas. En un principio se creyó que se enganchaban en ellas, pero ahora se sabe que la adhesión se debe a lo que los físicos conocen como fuerza intermolecular de Van der Waals, por el científico holandés que la descubrió. Es una atracción o enlace que se establece entre dos moléculas cuando se hallan muy próximas, y en el caso de las patas de las cuijas —y también de otros animales, como las arañas— el fenómeno ocurre debido al pequeñísimo tamaño de los pelillos, que son diez mil veces más delgados que un cabello humano. Por ello el contacto entre la superficie y las patas ocurre a nivel molecular y aparece la fuerza de Van der Waals.

Tan firme es la adherencia así lograda, que los 6.5 millones de setas que posee en los dedos una cuija de sólo 50 gramos de peso sería suficiente para sostener colgados del techo a dos hombres.

Pero quizá lo más asombroso es la rapidez con que los pelillos se adhieren y se desprenden. Una cuija que cae sobre la hoja de un árbol, queda sujeta a ella apenas 15 milésimas de segundo después de haberla tocado. Y aquí hay que subrayar que la hoja no es un sustrato firme, como una pared, sino que se mueve por el impacto del animal. Esto significa que la adherencia tiene que ser extraordinariamente efectiva. Y también en milésimas de segundo, la cuija puede soltarse de su asidero y seguir caminando o saltando.

Desde luego, muchos lectores se preguntarán qué importancia tiene saber por qué estas lagartijillas caseras pueden caminar tan ágilmente por techos, espejos, ventanas y paredes. La respuesta es que, al estudiar ese mecanismo de adherencia de sus patas, se podrán diseñar nuevos adhesivos, totalmente diferentes a los actuales, que son sustancias fluidas y pegajosas. Las patas de las cuijas no se pegan, sino que se adhieren mecánicamente, aún cuando la superficie esté mojada o engrasada, condiciones en las cuales no funcionan los pegamentos ordinarios. Al conocer mejor la manera en que ello ocurre, se podría fabricar materiales semejantes a las telas adherentes del tipo del que comercialmente se conoce como Velcro. Estas telas, que ahora se usan en lugar de botones o cierres de cremallera en ropa, carteras, bolsas y otros productos, están formadas precisamente por una multitud de pelillos o ganchitos que se enredan unos con otros pero pueden separarse con un tirón. Poca gente sabe que su inventor se inspiró también en la naturaleza: en esas semillas llenas de pelillos que se adhieren al cuerpo de los animales o las personas y que a usted seguramente alguna vez e le han quedado pegados a la piel o la ropa.

En la península de Yucatán, dicho sea de paso, tenemos por lo menos una docena de especies de cuijas, todas ellas de no más de diez centímetros de largo. Una de ellas es la salamanquesa Sphaerodactylus glaucus, que mide tres o cuatro centímetros y a la cual mucha gente supone venenosa porque en la cola y el cuello tiene una especie de anillos blancos o rojos alternados con negro, que recuerdan a una serpiente coralillo. Pero es totalmente inofensiva.

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