Naturaleza Maya
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IMPACTO AMBIENTAL
El retorno del Archilochus
Juan José Morales

Otoño es la época en que comienzan a regresar a la península de Yucatán desde Estados Unidos y Canadá las aves migratorias que en primavera tomaron rumbo a las altas latitudes. Y entre ellas hay una muy especial: el chupaflor de cuello rojo, que por nombre científico lleva el de Archilochus colubris.

Es, como todos los colibríes, una diminuta avecilla. Mide sólo 8.5 centímetros de la punta del largo pico al extremo de la cola, y normalmente pesa apenas entre 2.8 y 3.5 gramos. Las hembras, por cierto, son entre 15 y 20% mayores que los machos. Esto al parecer obedece a que, al ser de mayor tamaño, pueden cubrir mejor los huevos para incubarlos. Para el macho, la ventaja de sus menores dimensiones es que al volar puede hacerlo con gran habilidad y realizar acrobacias más espectaculares, tanto durante el cortejo nupcial como cuando necesita acosar y ahuyentar a un depredador que amenace el nido. Y es que, aunque inofensivos, los colibríes reaccionan con excepcional valentía y agresividad si la hembra, los huevos o las crías se ven en peligro.

Pues bien, a pesar de ser tan pequeño, el chupaflor de cuello rojo —cuyo nombre común se debe a que en la garganta el macho posee una banda de plumas de encendido color rubí a manera de bufanda— realiza dos veces cada año la portentosa hazaña de cruzar de un tirón el Golfo de México, volando durante no menos de 20 horas continuas, sin detenerse un solo instante, hasta cubrir un trayecto de 800 kilómetros o más sobre las aguas marinas. En primavera, la travesía es rumbo al norte. En otoño, en sentido opuesto, hacia el sur.

Desde luego, esos 800 kilómetros no constituyen la totalidad de la distancia que cubre en su migración, sino únicamente la parte correspondiente al cruce del Golfo. También vuela otros cientos o miles de kilómetros sobre tierra firme en territorio norteamericano y en suelo peninsular, y muchos ejemplares continúan hacia Centro y Sudamérica. Con semejante capacidad de vuelo, no es de extrañar que sus músculos pectorales —que le sirven para mover las alas— representen la cuarta parte de su peso total. En el cuerpo humano, esos músculos constituyen sólo la vigésima parte del peso.

Cuando se prepara para la migración, el colibrí de cuello rojo come vorazmente —un comportamiento que los biólogos llaman hiperfagia—, a fin de acumular reservas de grasa que le permitan obtener energía suficiente para su largo y agotador vuelo. Tanto engorda en esa etapa, que su peso puede aumentar hasta un 70%.

Este colibrí, dicho sea de paso, es uno de los más ampliamente distribuidos entre los casi tres centenares y medio de especies de estas aves existentes en el mundo, todas ellas en el continente americano.

Otro colibrí migratorio mexicano es el zumbador Selasphorus rufus, que se desplaza cada año desde el sur de México hasta Alaska, en un increíble viaje de 3 500 kilómetros, y de vuelta seis meses después. Pero el trayecto es sobre tierra, y dividido en varias etapas.

De modo, pues, que quizá en los próximos meses pueda usted ver en el campo, en parques o en jardines caseros, al chupaflor de cuello rojo entregado a su incesante recolección de néctar. Y esta actividad tiene una gran importancia ecológica, pues en sus visitas a las flores —entre cinco y diez por hora—, al introducir la cabeza en ellas se le cubre de polen, que luego se adhiere a otras flores y así las fecunda. Se estima que esta avecilla es fundamental para polinizar no menos de 35 especies de árboles.

No olvide sus características para poder reconocerlo: plumaje verde metálico iridiscente en el lomo, blanco en la parte inferior y —los machos— la inconfundible banda de encendido color rojo en el cuello que le da su nombre común.

Chupaflor de cuello rojo Archilochus colubris. Foto cortesía de la Universidad de Stanford.

Area de distribución del Archilochus. En rojo, su zona de veraneo y reproducción. En azul, la de invernación. Mapa cortesía del Macalester College.

 

 

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