Publicado en el diario Por Esto!
Martes 17 de junio de 2008
IMPACTO AMBIENTAL
Convivencia con cocodrilos
Juan José Morales
Ojalá que el ataque de cocodrilo a un turista ebrio e imprudente, ocurrido la noche del sábado pasado en Cancún, no sea pretexto para que empresarios turísticos y residentes de fraccionamientos de lujo de la zona hotelera comiencen a exigir la eliminación de esos animales, arguyendo que constituyen un peligro, que si el suceso se repite se ahuyentaría a los visitantes, y —la vieja cantinela— que “es necesario cuidar la imagen de Cancún como un lugar seguro.”
El hecho real y concreto es que en el sistema lagunar Nichupté de Cancún hay una importante población de cocodrilos que han podido sobrevivir a pesar de las extensas y profundas alteraciones a su medio ambiente. No tengo datos recientes, pero hace algunos años, un estudio realizado por el biólogo Marco A. Lazcano con apoyo de la asociación científica Amigos de Sian Ka’an, llevó a la conclusión de que había no menos de 400 ejemplares de diversos tamaños, desde algunos muy pequeños, hasta adultos de más de 2.5 metros.
Reveló también el estudio que la mayor concentración de ellos se da en las orillas del lado oriental del sistema lagunar, o sea en las proximidades de los grandes hoteles, situados al otro lado del Boulevard Kukulcán. También, los habitantes de algunos fraccionamientos construidos sobre rellenos se sorprenderían al saber que bajo sus casas hay madrigueras de cocodrilos, instalados ahí por la facilidad para excavar el material de relleno. Tal es el caso del fraccionamiento Isla Dorada, o Isla Drogada como lo rebautizó el ingenio popular cuando empezaron a descubrirse residencias de narcotraficantes en el lugar.
A la presencia de cocodrilos en ese sector de la laguna contribuyeron también algunos restaurantes que, como espectáculo para sus comensales, arrojaban sobras de comida para atraerlos, hasta que se les prohibió hacerlo por el riesgo de que alguien cayera al agua y los animales creyeran que les había llegado la cena.
Ahora bien, el hecho de que existan cocodrilos —incluso de regular tamaño— en la laguna de Cancún, no significa que anden al acecho de incautas víctimas humanas para devorarlas. Por principio de cuentas, son animales nocturnos. El día lo pasan en sus madrigueras o, si acaso, tranquilamente en sus asoleaderos. Además, instintivamente eluden la presencia del hombre. Sólo hay que tener cuidado de no aventurarse en sus dominios y —muy especialmente— de no meterse al agua durante la noche, que es cuando entran en actividad. Prácticamente todos los casos de ataques —poquísimos, por lo demás, considerando los millones y millones de turistas que pasan por Cancún— han sido de noche, y contra personas que, como el turista del sábado, penetraron al agua o a los manglares. Y en 35 años de actividad turística no se ha avistado un cocodrilo en terrenos de los hoteles, salvo una vez: cuando el gerente de un hotel situado a orillas de una caleta de la laguna, tuvo la nada brillante idea de construir unos jacuzzis al borde del agua, y cierto día, una de las tinas amaneció ocupada por un despreocupado cocodrilo.
Desde luego, no puede decirse que los cocodrilos sean totalmente inofensivos. Hay que tomar precauciones para que no interactúen con el hombre. Conviene, por ejemplo, tender mallas de alambre en sitios por donde pudieran desplazarse hacia zonas de vivienda. También es necesario —y de hecho eso se hace— retirar de la laguna a los ejemplares que alcanzan gran tamaño, y llevarlos a lugares como la reserva de Sian Ka’an. Pero en general, hay que aceptar su presencia y aprender a convivir con ellos, no sólo porque ese ha sido por miles de años su hogar, sino también —y sobre todo— porque son necesarios para mantener la estabilidad del ecosistema de humedales.
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