Publicado en el diario Por Esto!
Lunes 1º de enero de 2007
IMPACTO AMBIENTAL
Tiempo de migrantes aéreos
Juan José Morales
En mi lejana infancia, en el puerto de Progreso, esta era la época en que comíamos pato. Y lo hacíamos masticando con gran cuidado, para no perder un diente al morder alguno de los perdigones que venían incrustados en la carne, pues si bien los patos se vendían en el mercado, no eran de crianza sino cazados en la ciénaga, a donde cada año llegaban en grandes bandadas.
Los patos siguen llegando, aunque ya no se permite la cacería comercial sino únicamente con propósitos deportivos. Y, dicho sea de paso, aunque mucha gente mira a los cazadores locales como una banda de asesinos que acaban con la fauna silvestre, la realidad es que en un solo día, en un solo estado norteamericano —el de Alabama— los cazadores matan tantos patos como los de Yucatán en toda la temporada.
Pero a esta tierra nuestra no llegan sólo patos —aunque sean las aves migratorias más conocidas— sino otros muchos viajeros aéreos. La mayoría se quedan aquí. Sólo unos pocos siguen su travesía hacia Centro y Sudamérica. Y en la primavera, emprenden viaje hacia el norte, para retornar tiempo después cuando nuevamente comienzan los fríos.
Tradicionalmente —y como reflejo de una mentalidad colonialista y dependiente— se ha considerado que esas aves habitan en los países norteños y emigran temporalmente al trópico para escapar del frío, el hielo, la nieve y la escasez de alimento. Planteadas así las cosas, resultaría que se trata de un recurso natural de Estados Unidos y Canadá y que en consecuencia esos países tienen derechos preferentes sobre él.
Pero también podrían presentarse las cosas a la inversa. Esto es, que su lugar de residencia es el trópico y en verano viajan al norte para anidar aprovechando la abundancia de alimento, la escasez de depredadores, el clima benigno y los largos días soleados. Y esto no es una mera cuestión semántica. De hecho los ornitólogos han llegado a la conclusión de que esa es la verdadera historia: que todas esas especies migratorias son originarias de las regiones tropicales y adoptaron la costumbre de emigrar a las altas latitudes durante los meses cálidos.
Pero no se trata de reclamar la propiedad de ese recurso faunístico. Lo importante es entender que las aves migratorias son un recurso compartido, cuya protección y conservación es responsabilidad tanto de los países del norte donde veranean como de las naciones tropicales en las cuales invernan.
Y, como decíamos, aves migratorias no son sólo los patos sino también otras muchas de muy diferentes tipos y tamaños, entre ellas un colibrí. En total, de las más de 500 especies registradas en la península, unas 190 —casi el 40%— realizan el viaje anual de ida y vuelta hacia el norte, inclusive aquellas a las que solamente tenemos de paso en dos ocasiones durante el año porque hacen escala en su desplazamiento de Norte a Sudamérica y viceversa.
Contra lo que podría pensarse, aunque realizan agotadoras travesías de miles de kilómetros cruzando de un tirón el Golfo de México o bordeándolo por las zonas costeras, la mayor parte de esas viajeras no son de gran envergadura y poderoso vuelo sino diminutos pajarillos que caben en la palma de la mano, como calandrias, abejeros, chipes o verdines, gusaneros y mosqueros.
Según algunos cálculos, en ese portentoso movimiento migratorio anual participan entre dos mil y cinco mil millones de aves. Y tanto aquí como en el norte, los pequeños migrantes alados tienen una enorme importancia ecológica, ya que en su gran mayoría son insectívoros y por ser de tantas y tan variadas especies, ocupan prácticamente todos los ambientes y microambientes disponibles. De esta manera, eliminan una gran cantidad de insectos nocivos tanto en la vegetación silvestre como en los campos ganaderos y agrícolas.
Otras son frugívoras, granívoras, polinívoras u omnívoras, pero igualmente desempeñan un importante papel en el mantenimiento de los ecosistemas. Las frugívoras ayudan a dispersar las semillas de los frutos que comen. Un caso notable es el del chacá, un árbol muy abundante en la península cuya temporada de fructificación coincide con la llegada del vireo ojiblanco, Vireo griseus, que se alimenta con sus frutos. Las polinívoras, a su vez, contribuyen a fertilizar las flores, como es el caso del verdín semillero, Vermivora peregrina, que en su alimentación incluye néctar.
Pero las poblaciones de aves migratorias han estado disminuyendo en los últimos años. Y no sólo por la deforestación en el trópico como se pretende hacer creer, sino también por los grandes modificaciones ambientales ocurridas en Canadá y —sobre todo— en los Estados Unidos. Por eso no basta protegerlas aquí. También hay que hacerlo allá, en el norte.