Naturaleza Maya
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Publicado en el diario Por Esto!
Lunes 23 de junio de 2008

IMPACTO AMBIENTAL
La venganza de Gaia
Juan José Morales

El título de esta columna parece de telenovela o película de aventuras, pero es el de un libro científico acerca de un gran problema de nuestro tiempo: el calentamiento global. Su autor es James Lovelock, quien en 1970 lanzó la original hipótesis de que la atmósfera, los océanos y las plantas y animales, constituyen un gran sistema viviente que tiende a autorregularse, manteniendo siempre condiciones propicias para la vida. Nuestro planeta sería así un macroorganismo, al cual llamó Gaia, por la diosa griega de la Tierra. Y aunque la hipótesis fue aceptada por muchos científicos, algunos la rechazaron porque les pareció ver en ella implicaciones teológicas o mágicas al atribuirle al planeta conciencia y capacidad de decisión. Sin embargo, no es así. Lovelock se basa exclusivamente en consideraciones científicas. La forma en que la Tierra puede regular sus propias condiciones naturales, es semejante a la homeostasis —del griego homeo, igual, y stasis, posición o situación—, es decir, la capacidad de un organismo para mantener por sí mismo sus condiciones internas, como la temperatura corporal o la composición y volumen de la sangre, a pesar de la variabilidad de los factores externos.

Pues bien, en este nuevo libro, La venganza de Gaia, Lovelock sostiene que la acción del hombre ha alterado tan severamente las condiciones naturales de nuestro planeta, que ya se perdió esa capacidad de autorregulación. Hemos sobrepasado el punto de no retorno y los ecosistemas se deslizarán inevitablemente por un proceso de deterioro que finalmente hará imposible la vida para la gran mayoría de las especies ahora existentes.

El calentamiento global —que es la causa de ese deterioro— no sólo se debe, dice el autor, a que hemos estado introduciendo en la atmósfera grandes volúmenes de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero que retienen el calor solar, sino que lo hemos estado haciendo en el peor momento posible: durante lo que los geofísicos llaman un período interglacial. Es decir, uno de esos lapsos entre dos edades de hielo en que la temperatura de la Tierra es particularmente cálida. Si estuviéramos en un período glacial, en una época fría, añade, ese pequeño aumento en la temperatura terrestre no tendría mayores consecuencias. Pero en las actuales circunstancias su efecto se multiplica.

Todavía hay más, según Lovelock: la deforestación. Al eliminar grandes extensiones de bosques y selvas que contribuían a regular la temperatura y el equilibrio de gases en la atmósfera, se agravó el calentamiento.

Quizá lo más paradójico de todo esto, es que nuestra civilización pudo desarrollarse y florecer precisamente porque nos encontramos en un período interglacial. Grandes extensiones que en las eras glaciales se mantienen cubiertas de hielo y nieve, quedaron disponibles para que crecieran bosques, selvas y praderas y pudiera practicarse la agricultura. Pero durante el último par de siglos, la propia civilización modificó radicalmente las condiciones naturales que habían prevalecido durante los últimos 650 mil años y desquició la capacidad de autorregulación de la Tierra, que ahora —por así decir— está vengándose de ese desaguisado.

Lovelock asegura que la situación ya es irreversible y a los seres humanos y demás formas de vida no les queda más que migrar hacia zonas donde las condiciones ambientales sigan siendo favorables para sobrevivir. Hay que hacerlo, agrega, de la manera más ordenada posible.

Muchos científicos, sin embargo, juzgan este punto de vista demasiado radical y pesimista. Consideran que, si bien la situación es seria, queda un buen margen de maniobra y aún es posible detener el deterioro sin que necesariamente desemboque en una catástrofe.