Publicado en el diario Por Esto!
Lunes 12 de mayo de 2008
IMPACTO AMBIENTAL
Playas de utilería en Cancún
Juan José Morales
La arena que hizo famosas las playas de Cancún y otros lugares de la costa mexicana del Caribe, es de carbonato de calcio. El sahcab o sascab, la arena que se encuentra por toda la península en grandes masas bajo la coraza rocosa superficial, también es de carbonato de calcio. Pero fuera de su composición química, son muy diferentes. La primera, que proviene de restos de algas calcáreas y espículas —agujillas— del esqueleto de corales blandos, es extraordinariamente blanca, de granos muy pequeños, no retiene agua y al mezclarse con ésta no libera sedimentos. Por su diminuto tamaño, los granos casi no acumulan calor y la arena es fresca aún a medio día, bajo un sol ardiente. En cambio, el sascab o “tierra blanca” en maya —del cual hay varios tipos y se emplea como material de relleno en carreteras, terraplenes, pisos de edificios y construcciones diversas— es un material sedimentario formado en el remoto pasado geológico por la lenta acumulación de restos de animalillos marinos. Es más bien amarillento, de granos gruesos, permanece húmedo al mojarse y en el agua suelta gran cantidad de sedimentos.
Pretender reemplazar la fresca, blanca y finísima arena original de las playas caribeñas con sascab es —para decirlo suavemente— totalmente descabellado. Además de que ni remotamente se parece a ella, los sedimentos que libera enturbian las cristalinas aguas del mar y les dan un color blanquecino y un aspecto turbio y lechoso en vez del hermoso azul turquesa que las caracteriza. También —y esto es lo más grave— los sedimentos, arrastrados por las corrientes, terminan depositándose sobre los arrecifes de coral y matan a los sensibles y delicados pólipos, los animalillos que al crecer en colonias forman los diversos tipos de coral.
Pues bien, en el hotel Gran Caribe Real de Cancún, propiedad de la familia García Zalvidea, se está construyendo con sascab un remedo de playa, una especie de playa de utilería, para reemplazar la que se perdió debido a que fue invadida con edificaciones y a que se destruyeron las dunas costeras, lo cual ahora impide que se restablezcan los arenales después de tormentas y huracanes, como ocurría anteriormente.
No sólo eso. También se ha construido una barrera de piedras en pleno mar para delimitar aquella caricatura de playa y tratar de evitar —aunque infructuosamente— que el oleaje arrastre el sascab.
Más todavía: los propietarios del hotel ordenaron construir un espigón, una acumulación de piedras que se interna en el mar perpendicularmente a la orilla, con el propósito de alterar las corrientes marinas y —esperan— de este modo contener la erosión costera.
Todo ello se está haciendo sin autorización de la Semarnat, a plena luz del día, a la vista de todos, con maquinaria pesada, sin que la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente haya movido un dedo para impedirlo. Los propietarios, por su parte, alegan que no necesitan permiso, pues simplemente —dicen— están protegiendo su hotel del avance del mar.
Las consecuencias de este atentado ecológico serán gravísimas. Por principio de cuentas, puede significar la destrucción de las cercanas formaciones coralinas, que aunque pequeñas, constituyen un atractivo para los aficionados al buceo. En segundo lugar, esa falsa y grotesca playa de piedras y sascab, así como el espigón, provocarán una mayor erosión costera en los hoteles vecinos, un fenómeno bien conocido y por el cual precisamente se ha prohibido la construcción de tal tipo de estructuras en la costa de Yucatán.
Si las autoridades no intervienen para detener estas obras —y por desgracia su pasividad hace temer que así será— y los dueños del Gran Caribe Real se salen con la suya, pronto otros los imitarán y cada hotelero comenzará a hacer sus propias obras, en forma caótica y desordenada.