Naturaleza Maya
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Fecha de publicación
lunes 30 de abril de 2007

IMPACTO AMBIENTAL
Réquiem por los glaciares mexicanos
Juan José Morales

Solamente 30 años —quizá menos— le quedan de vida a los glaciares mexicanos. Están derritiéndose inexorablemente por efecto del calentamiento global de la atmósfera.

Los glaciares son masas de hielo que se forman sobre tierra firme por la acumulación y compactación de nieve y se desplazan lentamente ladera abajo como ríos de hielo. Los hay de dos tipos: los de los casquetes helados en las altas latitudes, como los de Groenlandia y el Antártico, y los de montaña o alpinos. Los primeros cubren enormes extensiones —cientos o miles de kilómetros cuadrados— y pueden alcanzar miles de metros de espesor. Los de montaña tienen sólo unos pocos kilómetros de largo y unas decenas de metros de espesor. Son resultado del frío que reina a gran altitud y que mantiene cubiertos de nieve los picos montañosos muy elevados. Pueden por ello existir —como es el caso de México o de Perú— en plena zona tropical.

Pues bien, en México tenemos —o más bien teníamos— una veintena de glaciares en los tres volcanes más altos del país, todos de más de 5 000 metros de altitud: el Citlaltépetl o Pico de Orizaba, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Pero hace miles de años los hubo también en otros diez, todos ellos de la gran cordillera conocida como Eje Volcánico Transversal, que atraviesa el país del Golfo de México al Pacífico.

Nuestros glaciares, a los que localmente se conoce como heleros o ventisqueros, alcanzaron su máxima extensión —al igual que los del resto del mundo— hace unos 21 mil años, en la etapa final de la última gran glaciación o edad de hielo, que duró cientos de miles de años y durante la cual la temperatura media de la Tierra fue seis grados menor que ahora y había tal cantidad de agua atrapada en las masas de hielo y nieve que cubrían los continentes, que el nivel del mar se hallaba 130 metros por debajo del actual. Pero sobrevino un cambio de clima, la temperatura general de la Tierra comenzó a elevarse, y los glaciares a contraerse. Hace unos nueve mil años ya sólo quedaban restos de aquella inmensa coraza helada. Para 1964, cuando el arqueólogo José Luis Lorenzo realizó el primer estudio sobre los glaciares de México, únicamente los había en los tres volcanes citados y en total cubrían apenas 11.4 kilómetros cuadrados. De ellos, 9.5 en el Citlaltépetl, 1.2 en el Iztaccíhuatl y 0.7 en el Popo. Además, se hallaban en franco retroceso. Lorenzo pudo determinar que en los 65 años previos, los del Iztaccíhuatl se habían replegado en promedio 13 metros por año. De 1964 a la fecha, han seguido contrayéndose, a tal grado que para 2004 el área glacial del Izta se había reducido en un 71% y de los nueve glaciares que tenía 40 años atrás quedaban sólo tres. Además, ya no son permanentes sino que llegan a fundirse por completo en verano, con lo cual ya no se les puede considerar glaciares en sentido estricto. En el Pico de Orizaba, de cinco glaciares sólo restan dos. Y en el Popo ya se fundieron los tres que había, en parte por el calentamiento y en parte por la actividad volcánica que registra desde 1994.

A este paso, según opinan investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México, como Hugo Delgado del Instituto de Geofísica, Lorenzo Vázquez Sélem del Instituto de Geografía y Patricia Julio, del de Geología, en solamente 30 años, y tal vez en sólo 20, se habrán desvanecido estos glaciares de cientos de miles de años de antigüedad, que tienen además la característica de ser los únicos, en todo el mundo, situados en la latitud 19º norte.
Lo mismo está ocurriendo —y esto no es consuelo de tontos— por todas partes en América, Asia y Europa. De los 4 700 kilómetros cuadrados de glaciares del Perú —el 70% de los glaciares tropicales del mundo—, en los últimos 20 años desapareció la quinta parte. En el extremo sur del continente americano, a lo largo de la frontera entre Chile y Argentina, también están derritiéndose los glaciares que se extienden por más de 300 kilómetros en la cordillera de los Andes. Todo esto demuestra que el calentamiento global no es sólo una posibilidad más o menos remota, sino algo que ya se está dejando sentir plenamente y por lo tanto hay que actuar de inmediato para tratar de evitar que siga agravándose y para atenuar su impacto sobre el ser humano.

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